Alberto Cañas

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Miércoles 21 Septiembre, 2011


CHISPORROTEOS

Nuevamente la desaparición de un hombre nos disminuye la Patria. Rodolfo Cerdas era una voz sabia, una voz inteligente y en el fondo una voz optimista, que analizaba problemas y preconizaba rumbos. Tenía una concepción muy clara de lo que nuestro país fue en sus mejores tiempos, y de cómo y por qué llegó a serlo. Y ha fallecido en momento en que su pensamiento siempre lúcido parecía estar inclinándose por primera vez hacia el pesimismo, pero sin llegar a ser abiertamente pesimista. En realidad, yo lo empezaba a notar progresiva aunque lentamente, más bien escéptico. Pero siempre con convicciones claras.
Nunca ajustó su pensamiento a lo que estaba de moda, ni pensó o escribió para halagar a las mayorías, porque ese verbo, halagar, no figuraba en su vocabulario. Decía con sencillez su verdad, y esa verdad era siempre certera y en muchísimas ocasiones, cada vez más conforme avanzaba el tiempo, acongojante.
Ha sido el único costarricense, hasta donde mi conocimiento alcanza, que ha sido invitado a enseñar en la multicentenaria universidad de Oxford, una de las dos (la otra es Cambridge) que han forjado el pensamiento y en general la cultura inglesa a lo largo de los siglos.
No resisto la tentación de consignar aquí algo que el mismo contó en mi presencia y que, aunque no lo define a él, define el país que tenemos.
Ya terminaba su estancia en Oxford y preparaba su regreso a su patria. A ese efecto, hizo llegar a Costa Rica una certificación de la escuela en que su hija estudiaba, que hacía constar el grado más alto que había cursado y aprobado. Nuestro Ministerio de Educación rechazó ese documento alegando que la firma que lo cubría no estaba autenticada por las autoridades de la provincia, la de estas autoridades por el gobierno británico, la del funcionario de éste por el cónsul de Costa Rica en Londres, y esta última por el encargado de hacerlo en la Casa Amarilla. Cuando el director de la escuela se enteró de esto, le dijo: “Nosotros aquí recibimos al niño en el grado que sus padres dicen que le corresponde, y si notamos que no está suficientemente preparado para cursarlo, simplemente lo pasamos a un grado anterior y todo el mundo tranquilo”. Y agregó: “Dígame una cosa señor Cerdas; ¿las autoridades educativas de su país tienen verdadero interés en que los niños se eduquen?”.
Era Rodolfo Cerdas una persona que entendió totalmente lo que le estaba diciendo aquel educador inglés, y que pinta a nuestro país. El exceso de papeleo obstaculiza cuando no impide, las cosas más elementales a que puede aspirar un ciudadano.
Su manera de ser y de pensar, palpable en el buen humor con que contaba esa anécdota, es de las que hacen falta en Costa Rica. No porque haya sido él un pensador solitario pues muchos y muchos pensaron y pensamos como él, sino porque señala con certeza por donde anda y de donde viene buena parte de nuestros males. La incompetencia, unida con vínculo indisoluble a la estupidez, nos tiene como estamos. Qué falta nos va a hacer Rodolfo Cerdas. Qué falta nos hacen muchas, muchísimas personas como él en los puestos de decisión.

Alberto F. Cañas