Alberto Cañas

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Miércoles 4 Marzo, 2009

CHISPORROTEOS
Alberto F. Cañas

Por primera vez que yo recuerde, se ha producido una protesta contra la adjudicación de los premios Aquileo J. Echeverría correspondientes al 2008.

Me han llamado la atención las protestas que grupos presumiblemente feministas han hecho por el premio de novela otorgado a la última de Carlos Morales.

Y me ha llamado la atención porque la protesta según parece no tiene nada que ver con la calidad literaria del libro, sino con la tesis que sostiene o la forma en que enfoca su tema. Y esto no es razonable.



El valor de una obra literaria no reside en su tema, sino en su calidad formal o simplemente literaria. Los escritores que se lanzan a novelizar temas trascendentales rara vez aciertan de verdad. De la enorme cantidad de novelas de protesta o de mera denuncia que se publicaron en el siglo XX, la que parece que de veras alcanzará inmortalidad por su calidad literaria exquisita es Las Uvas de la Ira del norteamericano John Steinbeck, que todavía puede y debe leerse a pesar de que el problema a que se refirió, tremendo problema social, fue resuelto y terminado hace décadas.

Claro, hay otros premios que se otorgan con base en consideraciones distintas, y a veces fallan horriblemente. Creo que fue en el 2006 cuando le dieron el premio de ensayo a un libro, que afirma que don Pepe Figueres era fascista, partidario del General Franco y poco menos que analfabeto.

Un libro tan notable como el de Armando Vargas sobre Juan Rafael Mora, lo más importante que se ha escrito sobre la guerra contra los filibusteros desde el de Rafael Obregón Loría, fue pasado por alto, según se ha dicho porque su autor no tiene título de historiador y ese año (sesquicentenario de la rendición de Walker), el premio de historia se fue a una obra sobre la prostitución en San José en alguna época pasada.

Así es la cosa. Pero no siempre ha andado bien. Una de las mejores piezas teatrales que se han escrito en Costa Rica, La Víspera del Sábado de Samuel Rovinski, no fue premiada (amárrense los cinturones) porque a los miembros del jurado se les olvidó ir al Teatro Nacional a verla.

Otra vez le dieron el premio de novela a un libro que tenía la palabra “novela” en su título, pero que no era una novela.

Hay que revisar la ley. La Asociación de Autores, tan venida a menos que celebra asambleas con 11 personas (en los años 60 concurrían hasta 80 asociados) ya no tiene importancia y debería excluírsela de los jurados. La Editorial Cosa Rica debería compartir su presencia en los jurados con las otras cuatro editoriales que funcionan con fondos públicos. Hay que eliminar a los científicos del Premio Magón, puesto que tienen un premio propio de ellos; el Clorito Picado, al que sólo hay que quitarle su condición de concurso para que funcione bien y quede el Magón en Paz.


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