Bruno Stagno

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Lunes 6 Junio, 2011

Castigando las duplicidades

Abdul Khadeer Khan convirtió a Pakistán en potencia nuclear logrando equiparar la balanza con la India, tras la realización exitosa de un primer ensayo nuclear el 27 de mayo 1998 en los cerros desérticos de Ras Koh. Venerado como un héroe a lo largo y ancho de Pakistán, posteriormente se dedicaría a vender sus conocimientos al mejor postor. Con la venia de sucesivos gobiernos, y sobre todo de las poderosas fuerzas armadas de Pakistán, se dedicó a vender secretos tecnológicos en abierta violación del régimen de no proliferación nuclear. Ante las crecientes evidencias de los negocios en curso y las reiteradas burlas a los mecanismos de control del régimen multilateral, Pakistán no tuvo más remedio que “sacrificar” a Khan. El 4 de febrero 2004, Khan confesó públicamente haber liderado una red de proliferación sin consentimiento ni conocimiento oficial. En menos de 24 horas, fue perdonado por el General Pervez Musharraf y obligado a permanecer recluido en su domicilio en los barrios altos de Rawalpindi hasta nuevo aviso.
Luego de más de una década de sospechas más que fundadas en torno a la venta de tecnologías proscritas a Teherán, Trípoli y Pyongyang, entre otros, la duplicidad y complicidad de Pakistán fue perdonada en un santiamén por la comunidad internacional. No se adoptaron sanciones internacionales, no se interrumpieron los flujos de cooperación internacional, no se exigieron investigaciones independientes ni las dimisiones de los altos personeros que, por incompetencia o conveniencia, permitieron que Khan traficara el material más peligroso en manos de la humanidad.
El pasado 1° de mayo, Estados Unidos finalmente encontró a Osama bin Laden. Logró alcanzarlo gracias a una operación ejecutada por fuerzas especiales sin coordinar la acción, y la incursión en el territorio de un supuesto aliado, con las autoridades locales. La persona más buscada en el mundo estaba cómodamente instalada —y aparentemente protegida— en Abbottabad, sede de la Escuela Militar de Pakistán y a escasos 50 kilómetros de la capital Islamabad. Ante este nuevo ejemplo de duplicidad y complicidad de Pakistán, o de su recurrente incompetencia si se cree a las autoridades nacionales, la comunidad internacional no parece aún dispuesta a exigir transparencia y justicia de esta democracia formal de 172 millones de habitantes porque es sencillamente demasiado grande para fallar.
Pero esta actitud conduce a la impunidad y a la reiteración de actos ilícitos o, peor aún, de claras amenazas a la seguridad internacional. Costa Rica no debe permanecer indiferente ante la impunidad concedida una y otra vez a Pakistán. Más cerca de nuestras fronteras, y aunque afortunadamente no tan grandes, tenemos practicantes de la duplicidad que apuestan a esta impunidad para atentar contra las normas más básicas de convivencia internacional. Desde el siglo XVII, el Cardenal de Retz lo tuvo muy claro: “las leyes desarmadas caerán en el desprecio”.

Bruno Stagno Ugarte