Macarena Barahona

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Sábado 14 Febrero, 2009

Cantera
Calufa

Macarena Barahona

En enero de 1909 nació Carlos Luis Fallas en el Llano de Alajuela. Un siglo ha transcurrido desde ese día, si sobreviviera más allá del recuerdo y su presencia literaria, le harían gracia —mucha, pienso— las discusiones curiosas que su recuerdo vivo hace fatigar pensamientos y construir oprobiosas opiniones.
Un hombre apasionado, voraz de vida, fuerte, dramático en sus páginas y en su vida personal, cuyo recuerdo aún, cual fantasma, retoma un lugar poderoso y contagia hasta al más escéptico.
Un escritor amado por sus lectores, por los acontecimientos que narra, cuya invención e imaginación vuelven realidad, cual épica popular, un trozo de nuestra historia colectiva.
La leemos y releemos, generaciones y generaciones con el mismo gusto y emoción. Porque cala las profundidades del ser y rinde así tributo a las características más humanas, las más valerosas de nuestra idiosincrasia.
Sus personajes y sus conflictos son la vida de los costarricenses que concibieron nuestros mejores logros; testimonian la construcción de las manos de los trabajadores, hombres, mujeres, niños, mestizos, indígenas, blancos, gringos, negros, haciendo, forjando esta Patria.
Nadie como él, para la honestidad del drama, su lírica narrativa rinde homenaje a nuestra naturaleza, desde su Alajuela amada, San José y Cartago hasta las cordilleras de Talamanca, recrea la fuerza, la luz, los colores, la humedad de nuestra múltiple y diversa naturaleza. Y en ella la soledad humana, la avaricia, la solidaridad, lo lúdico, el amor y el desprecio.
Calufa. Creo que no hay conciencia, por más dura y olvidada de valores colectivos que no se permita la emoción de la pena y las congojas de tanta injusticia que los desheredados trabajadores viven en las páginas de sus libros.
Hombre cabal de conciencia auténtica con su palabra y su acción, siempre al lado de los movimientos sociales; comunista, defensor de conquistas sociales hasta el compromiso de su vida, dirigente bananero, líder de los valientes linieros que ofrendaron su vida en la cruenta guerra civil, maestro de ideales para la juventud.
No permite indiferencia su trabajo de oficio manual, como tal vez sus queridos artesanos de la piel, hasta lograr conmover en sus descripciones nuestra íntima permanencia a esta Patria.
Un siglo, su aniversario natalicio, pero un verdadero homenaje, con la gracia de su entrañable “Marcos Ramírez”, sería obsequiar a los niños de las escuelas públicas, su “Madrina” y sus andanzas, editar un libro homenaje, que ruede como el tiempo, de la mano de nuestros niños, para que en su lectura vuelva a vivir esta fantasía del arte, que tiene la literatura de verdad.