Ennio Rodríguez

Ennio Rodríguez

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Martes 4 Julio, 2017

Ayuda internacional

Tras más de cuatro décadas de trabajar profesionalmente con la cooperación internacional, tanto con los donantes como con los recipientes, he visto de todo. Recuerdo cuando, luego del huracán Mitch, en la organización de los grupos consultivos para la reconstrucción de Centroamérica, visité las capitales de donantes potenciales, no sabían de qué país era ciudadano, me veían como un funcionario más de uno de los principales donantes para la región. En un país del norte europeo, con su usual franqueza, luego de mi presentación, un funcionario me preguntó: “¿por qué quienes pagamos impuestos de mi país debemos pagar por las necesidades de los habitantes de los países de Centroamérica, cuando en esos países no se cobran impuestos?”. Rápidamente le contesté que, por razones humanitarias, para evitar el sufrimiento humano. Pero la pregunta sigue resonando.

La pregunta de fondo sigue siendo cómo lograr el desarrollo, de tal manera, que los países se puedan valer por sí mismos sin volverse dependientes de la cooperación externa. Trabajos empíricos en África muestran que altos niveles de ayuda se asocian con una débil gobernanza y bajos ingresos fiscales. De alguna manera, la cooperación internacional alivia la presión de las demandas al sistema político. The Economist presenta un artículo sobre el país que recibe más ayuda per cápita del mundo, Liberia, el cual se ha vuelto dependiente de la ayuda internacional y, si bien muestra progreso en algunos indicadores y puede afirmarse que la ayuda internacional ha sido clave para detener el desastre, también ha debilitado su ya frágil sistema institucional.

Cabe mencionar que la cooperación internacional ha evolucionado en las últimas décadas. Durante la Guerra Fría, el conflicto entre las potencias definía las prioridades de la ayuda de acuerdo con las simpatías del régimen hacia una u otra potencia; poco importaba la transparencia en el uso de los recursos o los resultados de la cooperación. En otras épocas los donantes manejaban los presupuestos de cooperación para contratar productos y servicios de sus compañías, para donarlos a terceros y contabilizarlo como cooperación internacional. En otros momentos, algunos temas se ponían de moda y se adoptaban de manera poco crítica. Recuerdo escuchar, cuando el sabor del mes fueron las ONG, que estas serían la solución para Haití ya que el Gobierno era incapaz de ejecutar proyecto alguno. Sabemos que por esos medios se pueden lograr resultados en algunos campos específicos como indicadores de salud o, incluso, obras de infraestructura, pero no sentar las bases para el desarrollo del país. Sin instituciones públicas funcionales y marcos legales que se respeten, no hay desarrollo sostenido. Una de las modas más recientes fue que, a raíz de algún estudio que mostró que no se medían los verdaderos impactos de los proyectos, las métricas se pusieron de moda, de tal manera que hoy es usual que donantes y recipientes dediquen más tiempo a llenar formularios de evaluación que a pensar bien los proyectos de desarrollo.

En definitiva, ninguna moda en la cooperación internacional ha encontrado la fórmula mágica del desarrollo. Hoy se sabe mucho más qué funciona y para qué. Pero también que, con las excepciones muy particulares de Taiwán y Corea del Sur, a la cooperación externa, en general, no puede atribuírsele el ser el factor de éxito en el desarrollo de un país. Más bien, el desafío es interno. Casi siempre es a través del liderazgo local, instituciones y políticas públicas idóneas y el efectivo uso de la inversión pública que se logra dicha transformación.

Costa Rica ha sido graduada, por sus niveles de ingreso, de la mayoría de las fuentes de cooperación internacional. No podemos, por lo tanto, seguir pensando en soluciones mágicas externas. Debemos resolver nuestra propia gobernanza y fortalecer la capacidad para formular e implementar nuestras políticas y proyectos de desarrollo. Debemos construir los espacios de bien común, más allá de los intereses gremiales y sectoriales. Esperemos que el reciente Acuerdo Nacional sea un paso en esa dirección.