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Sábado 8 Septiembre, 2012

Así murió Pepe Grillo

Lo mató Pinocho; empuñó un martillo y le aplastó la cabeza contra un muro. No es invento mío, tal cual lo escribió Carlo Collodi a finales del siglo XIX, pero luego la industria del cine nos edulcoró la historia para suprimir tal insensatez: la de un hombre, adulto o joven, que acalla su conciencia.
Pues esa era la imagen representada por la mítica criatura del grillo parlante, la conciencia que nos habla desde dentro y trata de conducirnos en la dirección correcta.
Así trataron de hacerlo con Pinocho también el hada, un cangrejo, un pajarillo y hasta el mismo Geppetto. Pero la marioneta optó siempre por el camino fácil.
Prefirió el consejo falso, de quien le dijo lo que quería escuchar: que hay formas de hacer dinero sin mayor sacrificio, que no valía la pena preocuparse por los otros, hacerse responsable o ser honesto.
Así terminó aliándose con vagabundos y maleantes, pidiendo en la calle y hasta preso.
“¿Cuándo aprenderá?”, se pregunta el lector ante lo obvio, pues tras cada decisión mal tomada o al no hacerles caso a los buenos consejos, terminaba siempre metido en algún problema serio.
Fuera de las páginas del libro estamos nosotros. Tenemos el mismo sueño de Pinocho: tenerlo todo sin esfuerzo. Seguimos también sus prácticas: ignorar o silenciar cualquier voz —propia o ajena— que nos intente llamar a la razón. Somos, como él, marionetas del circo social en el cual vivimos, y como él nos tropezamos mil veces con una sola piedra.
Pero a diferencia del universo fantástico del fallecido grillo, en el nuestro no siempre las consecuencias de los malos actos son nefastas para el comitente y hasta terminamos admirando al más osado de los sinvergüenzas.
Francamente, nuestra conducta no debería depender de un castigo que venga de afuera, como sí sucede con quienes tienen cabeza dura cual madera. Sino que ese grillo interno debería hablar fuerte y claro, y nosotros tener las agallas de hacerle caso.
Solo cuando dejamos de depender de las influencias externas, cuando decidimos con la cabeza y considerando también a las otras personas, dejamos de ser-a-medias y nos convertimos en personas auténticas (sin necesidad del toque mágico de un hada), pues la humanidad no radica en la apariencia, sino en la forma que conducimos nuestra vida.
Y para no dejarlos con la angustia, confieso que el grillo apareció de nuevo, primero muerto, luego vivo; así como suele suceder en esta clase de historias. Mas nunca se llamó Pepe, eso resultó ser puro cuento.

Rafael León Hernández