Iris Zamora

Iris Zamora

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Lunes 19 Diciembre, 2016

“…el Hijo que viene es del Espíritu Santo”

Aquella noche 1

Disfruto imaginar ese instante, toda la narración es tan extraordinaria, no puedo evitar trasladarme al año uno; cuando todo empieza para la vida espiritual de un gran trozo de la humanidad.
Imagino a la joven escogida, diciendo: “…Hágase en mí según tu palabra” al ángel que le anuncia que será madre. Ese momento, cuando señala: ¿Cómo será eso? “si no conoce varón”. Estando comprometida con José, un joven carpintero que pretende huir para no denunciarla, separándose en secreto… la presencia del ángel que en sueños le dice: “No tengas reparo en recibir a María como esposa tuya, pues el Hijo que viene es del Espíritu Santo. Dara a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús…”.
La visita a su prima Isabel. Todo es tan fantástico, tan extraordinario. El reconocimiento que Juan, hace de Jesús, estando ambos en el vientre de sus madres… Juan, quien debía allanar el camino del Mesías, que ahora crecía en María…, el saludo de Isabel, la respuesta de María, que los católicos llamamos “El Magníficat”…
Me subyuga ese relato de extraordinaria fe y absoluta obediencia de todos esos hombres y mujeres: José, Zacarías, Isabel, María… Zacarías duda un instante que siendo Isabel ya vieja pueda concebir… todos aceptan con alegría y fe, la nueva realidad de sus vidas.
El cumplimiento, a las ordenanzas del Imperio de Augusto, en tiempos en que Quirino gobernaba Siria, y Herodes en Jerusalén… Cada diciembre, disfruto las celebraciones religiosas. Me regocijan las homilías, la interpretación de los sacerdotes de esos momentos de la Historia Sagrada. Siempre aprendo algo nuevo. Debo confesar que mi imaginación se aleja del templo para cabalgar en esas tierras, Belén, Judea, Israel, Galilea, Nazaret…
Los Reyes, que viniendo de diferentes regiones de Oriente, son guiados, como los marineros, por una estrella que anuncia un cambio en la humanidad. Traen obsequios que solo son otorgados a los reyes…
Esa noche de angustia para José, que buscaba donde recostar a su compañera, pronta a dar a luz. Imagino los rostros de los que les niegan posada, observando la condición de María. No hay espacio, todo está lleno, es el censo ordenado por Augusto, los peregrinos debían viajar a Belén, les corresponde como a todos los que descienden de la Casa de David.
El consuelo para José, cuando le ofrecen un viejo establo para que al menos pase la noche… No puedo evitar imaginarlos recogiendo un poco de heno para recostar a María; el establo con algunos animales de labranza, que miran a aquellos visitantes que importunan la noche…
¿Por qué un ángel y luego “una multitud del ejército celestial” les anuncian, a unos pastores que en la Ciudad de David ha nacido el Salvador, que es el Mesías, el Señor”?... ¿Por qué a ellos, sencillos habitantes, y no a los principales de la ciudad?... ¿Por qué el Rey escoge nacer en un pesebre de pasto seco, comida de los animales del campo?... Creo encontrar la respuesta si regreso unos meses atrás.
Cuando Isabel, la prima de María, la recibe en casa, la saluda de una manera que sobrecoge “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre”… “Dichosa tú que has creído!”. Luego viene esa hermosa poesía de sabiduría, de profecías, de fuerza y poder: “Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador…” En los versículos 52 y 53 encuentro las respuestas: “Derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada…”.
También los pastores, oficio no muy agradable entre los pobladores, obedecen a los ángeles y llegan hasta el establo, que más tarde visitaran Monarcas de Oriente, encuentran a la “mujer con el niño envuelto en pañales”…
Es un instante en la liturgia, es la vida entera de millones de mujeres y hombres desde hace más de 2 mil años; de discípulos desperdigados por toda la geografía de la tierra, llevando la “buena nueva”…
Esa conmovedora narración de hechos, en los que creo firmemente, marcó la historia de la Humanidad. Ese niño nacido en Belén, la cambió; la dividió en antes y después de Él.
Su mensaje permeó, la filosofía, el derecho, la economía, las ciencias sociales, la música, la danza, la literatura, la política, el arte, la física, la química, la medicina… El quehacer del ser humano está transversado por su mensaje… ¡Por su vida!
Les deseo, a quienes confiesan esta fe, que también llenen su imaginación y sus corazones, de esos momentos de esperanza, confianza y alegría.
…¡Feliz cumple, Jesús!