Silvia Castro Montero

Silvia Castro Montero

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Lunes 1 Junio, 2015

A propósito de discursos de control político

Todos hemos conocido a algún progre, que identificamos por su vestimenta desaliñada y oscura; pelo largo; saco deportivo de segunda; anteojos de pasta negra; chancletas; y gustos por los bares clandestinos, las canciones punk y las películas del cine independiente.
Pertenecen a familias de clase media o media alta, sueñan con un mundo mejor, tienen intereses intelectuales esotéricos y admiran a figuras como el Che Guevara y Fidel Castro. Los conozco muy bien, porque en los 80, yo también me definía progre, con todo y el Manifiesto Comunista debajo del brazo.
Poco he cambiado en que sigo siendo activista militante de causas que otros han dado por perdidas. Sigo batallando con la injusticia, la desigualdad de oportunidades y la mediocridad, y la pasión me brota, en cada fibra de mi ser, con sentimientos de indignación en contra de quienes manipulan vilmente a las clases sociales más humildes con sus discursos de “control político”, buscando la aceptación de los votantes al presentarse como los redentores de la clase trabajadora, sin importar las consecuencias para el país.
En Costa Rica vamos de mal en peor a causa del populismo; sin embargo, sigo llena de esperanza de que el pueblo despertará y pronto se movilizará.
Lo veo en las redes sociales. Somos muchos los que aprendimos a desconfiar de quienes se ufanan de velar por el bienestar común y el progreso del país, cuando lo que realmente pretenden es acaparar el poder político y económico para sus fines individuales.
Empezamos a tomar consciencia del objetivo real de estas personas, que buscan ser contratadas y remuneradas a perpetuidad en puestos de poder, de forma desmedida y poco solidaria, a costa del ciudadano común, cuyos intereses dicen defender.
Mucho he cambiado, pues —con muchos más años y menos ingenuidad— me di cuenta de que la culpa no es del sistema capitalista. Aun con todas sus fallas, el comunismo ya no es referente ni objetivo por alcanzar por una razón muy simple: el país no puede compartir riqueza cuando no establece un contexto propicio para producirla.
Peor aún, no confío en la honorabilidad y capacidades técnicas de quienes estarían a cargo de repartirla, al menos no con las prácticas de empleo público vigentes y la grave ausencia de mecanismos de transparencia y rendición de cuentas.
Las malas prácticas de clientelismo político, nepotismo, amiguismo, corrupción, inoperancia y abuso de poder han corroído el tejido social, con terribles consecuencias sobre el respaldo y legitimidad de nuestra institucionalidad.
Quisiera que nuestros jóvenes encontrasen la pasión por vivir, por luchar por un mundo mejor; y tengo la firme convicción de que podrían canalizar su desencanto con el estado actual de la sociedad y con sus propias condiciones de vida, empoderándolos para que tomen acciones de incidencia política y activismo pacífico, alejándolos a su vez del mundo del consumismo desmedido, la violencia y el vicio.

Silvia Castro
Rectora de ULACIT