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Las utilidades de la venta de loterías y raspaditas producen importantes superávits anuales con los que no se debe dejar de financiar obras sociales

Recortes con sentido común

Los problemas de déficit fiscal del país no deben intentar resolverse mermándoles recursos a centros para ancianos, albergues infantiles o ayudas a los enfermos. No se necesita más que un mínimo de sensibilidad social, de humanidad y sentido del deber para así entenderlo.
De aprobarse en el Congreso, tal como está, la ley de manejo eficiente de las finanzas públicas, esta obligaría a la Junta de Protección Social (además de otras instituciones) a trasladar al Estado un cuarto de sus utilidades anuales obtenidas por la venta de las loterías y las raspaditas principalmente.
Que tengan que cumplir con esto instituciones que han estado despilfarrando dineros a manos llenas, gracias a las malas administraciones a lo largo de los años, sería lógico. Sin embargo, no se debe hacer cargar con esos malos manejos de la hacienda pública a los más necesitados del país, eso es incumplir con los Derechos Humanos.
Ahora bien. Lo que se debe tener claro es por qué cumplir con lo que la nueva ley solicitaría, obligaría a la Junta a restarles recursos a las instituciones sociales que ayuda a sostener, si las utilidades de la venta de loterías y raspaditas producen importantes superávits anuales.
¿No son esos excedentes justamente lo que se les estaría pidiendo que devuelvan año a año, tal como lo harían otras instituciones para paliar el déficit fiscal?
No es posible apretar la soga al cuello a los más desamparados y a los enfermos si la realidad indica que hay superávit en muchas instituciones públicas.
La situación que el país vive hoy se viene gestando desde hace muchos años. La mala administración no es un fenómeno nuevo. Pero este es un momento en el que cada día se conoce de algún mal manejo de las finanzas públicas.
La opacidad ha sido predominante en el manejo de la hacienda pública. Lo demuestran múltiples casos salidos a la luz gracias a la prensa. Por eso la obligación hoy es exigir cada día más transparencia. Después de todo, son dineros de los contribuyentes los que se festinan a veces de forma inmisericorde. Es normal y saludable que los contribuyentes se indignen ante el mal gasto y el despilfarro.
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