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Sábado 23 Febrero, 2013

“Si has obrado mal, arrepiéntete, enmienda tus yerros en lo posible y esfuérzate por comportarte mejor la próxima vez. Pero en ningún caso debes llevar a cabo una morosa meditación sobre tus faltas”


Gente mala

En mi mente y en la suya, se perfilan algunos personajes tan históricamente reales como terribles: la maldad encarnada en su máxima expresión.
Y sin embargo, posiblemente a sus propios ojos no fueron más que víctimas de una sociedad que no entendió sus razones. Podremos pensar que lo lógico sería que cada uno tenga conocimiento de su propia malicia, pero eso no es tan cierto.
Piense en casos más cotidianos, yo haré lo mismo. ¿Será que aquellos dos muchachos que me arrinconaron para robarme se declaran a sí mismos como malvados? ¿O aquel abusador que agrede y se arrepiente una vez y otra? ¿O yo mismo?, que a los ojos de algunos tampoco seré grato.
Por algo dijo Aranguren que cualquier persona, por más buena que sea, alguna acción censurable habrá cometido. La pregunta está en el aire: ¿soy yo malo?, ¿lo es usted?
“No es una misma cosa hacer actos de injusticia que ser injusto”, nos dejó escrito el estagirita, pero definir un límite no es sencillo. La maldad puede ser tan humana como tener conciencia, aunque implica cierta falta de esta última.
“El acto pasa, la intención queda, y lo malo del mal acto es que malea la intención, que haciendo mal a sabiendas se predispone uno a seguir haciéndolo”; así lo planteó Unamuno.
Mucho antes, Rousseau nos quería hacer creer que “no hay malvado que no pueda hacer alguna cosa buena”; al menos morirse, estará pensando más de uno.
Entonces, ¿hay malvados o solo gente confundida? Todos los seres humanos, si hacemos caso ahora de Stevenson, somos una mezcla de bondad y maldad.
Un coctel angélico-demoniaco, cuyo resultado dependerá en una parte de los actos e intenciones, y en otra de las consecuencias para los destinatarios.
No me queda más que reconocer alguna verdad en relación con todo esto. Mi verdad, no la suya, pues finalmente es la defensa de mi versión la que me hace creer que yo soy el bueno y algún otro, en contraposición, será el malo.
Vuelvo a Unamuno para que nos dé su versión de los hechos: “La esencia del mal está en su temporalidad, en que no se enderece a fin último y permanente.” Es decir, que todos tenderíamos al bien a fin de cuentas, pero no nos alcanza la vida para eso.
La maldad más pura es la que se gesta desde ambas partes del conflicto. Se trata entonces de que algún día nos demos cuenta que no siempre son los otros, sino que también hay culpa de parte nuestra.
En palabras de Savater, “al actuar mal y darnos cuenta de ello, comprendemos que ya estamos siendo castigados, que nos hemos estropeado a nosotros mismos —poco o mucho— voluntariamente”.
Para ir acabando, aunque poco he dicho sino que he enmarañado lo que han escrito otros (mal hecho de mi parte), cito ahora a Huxley, quien supo bien qué hacer una vez que reconocemos nuestros demonios internos:
“Si has obrado mal, arrepiéntete, enmienda tus yerros en lo posible y esfuérzate por comportarte mejor la próxima vez. Pero en ningún caso debes llevar a cabo una morosa meditación sobre tus faltas. Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse”.

Rafael León Hernández
Psicólogo