Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 11 Julio, 2014

Italia 1990 nos hizo descubrirnos como pueblo. Brasil 2014 nos hizo acreedores al reconocimiento planetario en la sociedad civil como nación


El fútbol y sus valores

Desde niño una de mis pasiones ha sido el fútbol. Como regalo de Navidad y Año Nuevo, mi papá nos regalaba entradas para venir desde nuestro Palmares natal a ver jugar a la Liga contra equipos argentinos. Jorge, mi hermano mayor, me acompañaba y me explicaba las jugadas.
En casa oíamos los comentarios de Luis Cartín por la radio. Como Ministro de Deportes, disfruté mucho especialmente y cuando me correspondió entregar el trofeo de campeón nacional por dos veces al equipo de mis amores. Siempre he vivido tensa e intensamente los campeonatos mundiales en unión de mi familia.


Al igual que para nuestro pueblo, dos han sido particularmente los que nos han deparado inolvidables experiencias: el de Italia 90 y el actual de Brasil 14.
Como filósofo, siempre he tratado de buscar una explicación racional y razonable a todo, especialmente a aquellas experiencias que han marcado la historia, tanto de mi país como de mi persona.
La respuesta que he encontrado la he pergeñado en apretada síntesis que a continuación comparto con mis amables lectores. Todo ello me ha permitido descubrir las diferencias entre los triunfos logrados por la Selección Nacional en Italia y la de ahora en Brasil.
Partiendo de la conciencia de sí que caracteriza la identidad de una comunidad social a nivel onírico, diría que los sorpresivos triunfos que la Selección logró en el campeonato mundial celebrado en Italia en 1990 nos hizo descubrirnos a los costarricenses como pueblo, mientras que el de Brasil de 2014 nos hizo acreedores al reconocimiento planetario en la sociedad civil como nación.
Un pueblo es una comunidad humana que posee un territorio y una historia política y cultural común, que le permite identificarse a sí misma como un sujeto histórico.
Adquirir una identidad como nación requiere el reconocimiento del otro, es decir, ser asumido como tal por la comunidad de naciones. Lo cual requiere, no solo de cierto grado de autosatisfacción no exenta de narcisismo, sino del respeto que logra por méritos propios a los ojos de los otros.
Vistas las cosas así, considero que quien mejor habló el martes pasado en la celebración del triunfo al pie de la estatua de León Cortés fue el líder de la defensa de nuestro equipo, a quien cariñosamente llaman “Pipo”, cuando resumió lo que los costarricenses experimentamos con las victorias ganadas en los estadios de Brasil y que fue secundado por millones de millones de admiradores en todos los rincones del planeta: ¡“A Costa Rica se la respeta”!
Era algo más, mucho más, que el reconocimiento por las proezas logradas en el campo deportivo; era justipreciar los valores éticos y humanos de un pueblo que vio coronado un sueño hecho realidad sin por ello derramar sangre propia o ajena y sin buscar ambiciones hegemónicas.
Era el grito henchido de sano orgullo por haber obtenido, ante los ojos atónitos del planeta, un triunfo ético y estético reivindicando el deporte como práctica lúdica llena de creatividad y entereza que son los únicos que valen y perduran.


Arnoldo Mora