Alberto Cañas

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Sábado 4 Mayo, 2013

Mientras gentes mediocres y hasta payasos acceden al Premio Magón, ella (Clotilde Obregón) es de las figuras meritorias y de primera línea que no lo alcanzan, como Julieta Dobles, Lara Ríos, Samuel Rovinski, y José León Sánchez


CHISPORROTEOS

La desaparición lamentable de Clotilde Obregón enluta a la cultura costarricense. Su labor de historiadora la había colocado en lugar preferente dentro de esa actividad en la cual tantos se atreven y muy pocos ocupan posiciones de hegemonía indiscutible como ella.

Navegó con igual destreza por distintas etapas de nuestra vida independiente, y son inapreciables los trabajos en que se acercó, con ojo crítico, a épocas tan distantes entre sí como las de Braulio Carrillo y Tomás Guardia.

Infatigable trabajadora y curiosa insaciable, se apartó algunas veces de la historia meramente política del país (la más frecuentada por los historiadores), para estudiar la historia del Colegio San Luis Gonzaga (ente clave en la formación de nuestra cultura, y de entidades privadas como el Colegio de Ingenieros y la profesión misma de la ingeniería.

Sin embargo, mientras gentes mediocres y hasta payasos acceden al Premio Magón (el más importante de todos los que reconocen la cultura de nuestra Patria, ella es de las figuras meritorias y de primera línea que no lo alcanzan, como Julieta Dobles, Lara Ríos, Samuel Rovinski, y José León Sánchez. Algo hay de irregular en esto y haría bien el Ministro de Cultura en pedir cada año certificación autenticada por notario del número de personas que concurren a las asambleas de la Asociación de Autores donde se nombra a los delegados de esa asociación en los jurados. Es de recordar que hace treinta o más años, a las asambleas en que se hacían esos nombramientos concurrían más de 80 personas. Y que se insiste mucho en afirmar que en años recientes ha habido asambleas de 10 y 12 asociados, lo cual pide a gritos una reforma a la ley.


Alberto F. Cañas