Macarena Barahona

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Sábado 22 Noviembre, 2008

Cantera
La esperanza de Obama

Macarena Barahona

La Esperanza, el don humano que sobresale y auxilia en los momentos de pruebas y dolores, de angustias colectivas e incertidumbres sociales.
La Esperanza es lo que ha dirigido el triunfo de Barack Obama en una nación que, arrepentida de sus elecciones anteriores, vive entre la opulencia material y la pobreza social de la mayoría; pero sobre todo, ha sentido los golpes, en su propia autoestima. Elegir a un nuevo presidente se convierte en la esperanza de todo, los deseos de superar las dificultades económicas y de aprecio a su suelo, a sí mismos.
En el caos de la vida social, surgen líderes o caudillos que se levantan sobre las mismas necesidades revueltas de una sociedad hecha y confusa en su cauce.
La sabiduría de ese líder reside en poder dirigir sin megalomanía el nuevo curso de su patria.
El compromiso que Obama tiene con su país es inmensamente más retador que los de los últimos presidentes, no solo en lo económico, diplomático y militar, sino por la intensa expectativa creada por su oratoria. En que sus reflexiones sobre el espíritu estadounidense logren integrarse a sus políticas nacionales y gubernamentales.
Políticas de gobierno que se han caracterizado en los últimos ocho años en bajar los presupuestos para asistencia social, para educación, pensiones y en mantener por otro lado las costosas guerras invasoras en el Oriente sin que los resultados hayan sido lo positivo que esperaban.
Una gran nación un poco huérfana de sí misma, sin la magnificencia que glosaba Walt Whitman, ha sabido apreciar su instante y, con manos tal vez más jóvenes, más de mujeres, y unidos más los afroamericanos e inmigrantes a golpe del voto, su deseo es claro para el nuevo presidente, que es precisamente, lo que prometió en campaña: Sí podemos, el deseo de poder variará el presente para continuar el destino de gran nación.
La libertad de palabra y, supongo, de espíritu, de Barack Obama, que le ha permitido sintonizar tan bien su energía con sus conciudadanos, debe residir en esa maravillosa mezcla que hay en él.
No tiene penas de esclavos en sus ancestros paternos, sino lo contrario. Su padre fue un espíritu progresista, de su natal aldea hacia estudios superiores de doctorado en economía, un hombre que hizo sus sueños posibles. Su madre, doctora en antropología, con búsquedas de conocimiento más allá de lo que se esperaba, y se espera de una mujer. Con tanta vocación de superación y crecimiento personal de sus padres, ambos fallecidos muy pronto, y después el amor de sus abuelos estadounidenses, que se conformó en su hogar natural con padres espirituales, y ajeno, como decía, a penas e historias de esclavos, se buscó a sí mismo, y con la sabiduría de una conversación inteligente, que solo sucede en mesas de abuelos sin tapujos, creció y decidió ser el primer presidente que lleve en su sangre genes libres de Africa y de Estados Unidos.
Honor y perseverancia sin aflicciones, sin luto ni demagogia por su color de piel.
Sin miedo a la realidad, con un sí podemos, retomó en su albedrío lo que quiso de la historia de Estados Unidos, y en sus discursos se ha notado un afán por levantar ideales, que estarán mortecinos en otras gargantas.
A su familia, a su abuela, a su vocación de energía de retomar su patria para sí, un sí inclusivo, de todos, que empieza en sí mismo, por primera vez en la historia de ese país.