Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 8 Julio, 2010


VERICUETOS
Ya vine

Es probable que ni siquiera se hayan dado cuenta de que desde hace días no me aparecía por aquí. Lo que pasa es que, como diría la canalla, se me tostó la jupa. No estaba muerto, ni andaba de parranda. Llamé a mi amigo don Luis Alberto Muñoz, director de LA REPUBLICA, para comunicarle la infausta noticia. ¡Las musas me habían abandonado! Las ninfas inspiradoras habían desertado y no tenía idea de dónde buscarlas. O sea, estaba totalmente en blanco. Después de tantos meses vericueteando (¿vericuitiando?) no tenía ni la menor idea de cómo continuar con esta columnata. Y es que este oficio de escribidor no es cajeta ni comida de trompudos.
Por cierto que fue un apreciable lector quien glosando una de mis columnas, poco apetecible para él y el candidato de sus preferencias electorales, me llamó “escribidor”, o sea “mal escritor” según la Real Academia, y fue entonces cuando comprendí que columnista o escritor son términos que se aplican a algunos pocos y muy selectos artistas a cuya caterva no pertenezco ni lo pretendo y que yo lo que hago no es escribir sino atentar.
Atrevido sí soy. Algo es algo. Lástima tinta y papel dijo el exégeta… Volviendo al cuento, me asaltan de vez en vez este tipo de disquisiciones lingüísticas no siempre racionales, como todo en la vida. ¿Qué tiene que ver algo muy cajeta con algo muy jamón o con la comida de trompudos? Porque desde carajillo para mí jamón y cajeta, que gastronómicamente en nada se parecen, son sinónimos de comida de trompudos. ¿O no? ¿Será que los de bemba abundante no hacen dieta ni pasan hambres? No si los costarriqueñismos no hay quien los comprenda, ni el mismísimo Carlos Gagini. Un día de estos estuve hablando largo y tendido con una colega dominicana, solo para reconocer que, después de una hora, ninguno de los dos tenía la menor idea de lo que había dicho el otro. Diálogo de sordos. Claro, si es que los antillanos llaman ñoña a la panza, o can a irse de pelón o bragueta a la jareta. Diay, por supuesto que podríamos haber estado jurungando hasta lo más cirilo sin entendernos un chinin. Pero ese no es el tema, sino como de un momento a otro, de sopetón, se me secaron las ideas y no pude volver a escribidorear esta cosa que llaman columna y que bien podría llamarse tabique o parapeto.
Aunque está claro, y ustedes son testigos, de que lo mío no es el arte literario, ahí me la venía jugando más o menos (digo yo), a pesar de que para estar aquí cada semana hay que ponerle de lo lindo. No sé si los verdaderos columnistas del periódico, esos que sí son escritores y no escribidores, pasan por el mismo parto semanal, sobre todo cuando se tiene que escoger el tema y ponerle todas las florituras posibles para que los lectores no le quemen el periódico a Fred y a Rosemary, que confieso y garantizo, no tienen nada que ver ni por qué pagar con la ira colectiva las culpas de mi falta de sentido literario.
Dejo constancia de que el único y total responsable de
este chunche soy yo y solo a mi habrá de tenérseme como su autor y total culpable. Sed compasivos que las carencias son genéticas y no hay pecado en ello. ¿Qué es este sancocho de columna? No, si ya les digo yo. Las musas, que son unas perdidas, se fueron con el chiquito de Lindbergh. En fin, para bien o para mal, ya llegué. A ver si se me ilumina la cosa y vuelvo a contar en el futuro con el favor de su lectura. Pura vida.

Tomás Nassar