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Jueves, 13 de diciembre de 2018



COLUMNISTAS


¿Y si hablan los chafarotes?

Alvaro Madrigal [email protected] | Jueves 02 junio, 2016


 La sociedad venezolana —y solo ella— debe decidir ante la bifurcación del camino: o hay negociación o el ejército hará valer su ley

De cal y de arena

¿Y si hablan los chafarotes?


La deriva autoritaria, despótica, también suicida, del régimen venezolano irrumpe de la mano del más estrepitoso fracaso en la gestión del desarrollo del país. La camarilla gobernante ha demostrado ser absolutamente incapaz para interpretar los cambios del entorno incidentes en la administración del país. No han entendido que un modelo que no es objeto de ajustes y cambios por repercusión directa de las mutaciones que se registran en su entorno, colapsa. No es que fracasa el modelo; fracasan quienes lo gestionan, por incapaces de percibir el significado de los cambios en el mundo que les rodea. Han quemado todas las opciones a su haber y ahora no tienen otra que no sea negociar la salida, presionados por una inmensa masa ciudadana que padece hambre, pobreza, inseguridad, la ofensa de una corrupción propia de los años del binomio AD/COPEI y sobre todo la frustración que les provoca la pira donde arden los sueños de la construcción de una sociedad de mejor calidad, como la que les dejó ver la administración de Hugo Chávez en sus buenos años.
“Muchas manos en la sopa ponen el caldo morado”, reza el refranero popular. Y es lo que está poniéndose de manifiesto en el manejo de la crisis política, social y económica de Venezuela, la que por profunda y compleja debería merecer un más depurado abordaje por parte de tantos gratuitos valedores que se ofrecen para procurar una salida. Muchas manos —algunas sin autoridad ni legitimidad— están alimentando el fuego de la exacerbación de ánimos cuando lo atinado resulta despejar de obstáculos el camino de la reconciliación nacional. Se agotan los espacios de la negociación. También las diligencias que conduce el expresidente del gobierno español José Luis Rodríguez de la mano de los expresidentes de República Dominicana, Leonel Fernández, y de Panamá, Martín Torrijos, chocan con el muro de la intransigencia de los bandos en pugna que, ciegos y envenenados, atizan un sangriento enfrentamiento que no está lejano. Ya lo signó con cruda franqueza el expresidente uruguayo, José Mujica: “En Venezuela todos están locos, Maduro también”.
¿Acierta la secretaría general de la Organización de Estados Americanos promoviendo la aplicación a Venezuela de las previsiones de la Carta Democrática Interamericana? ¿Serían eficientes los mecanismos ahí previstos para la restitución de la libertad? Suspender al gobierno venezolano, ¿en qué medida ampara y devuelve su integridad a los anhelos democráticos? El régimen es autoritario porque el ordenamiento constitucional y legal que le sustenta es de esencia igualmente autoritaria. Así lo quiso el poder político que lo promulgó, electo en procedimientos electorales legalmente reconocidos con participación masiva de ciudadanos. Para desmantelarlo no hay otra que someterse a sus mismas provisiones. Por eso es vital efectuar el referendo revocatorio. Lo sabe el gobierno y por eso lo obstruye a como sea, ley en mano. Solo va quedando la interrogante del ejército y de si emplearía su fuerza decisoria empujado por las dimensiones de la conflagración ya visible. La sociedad venezolana —y solo ella— debe decidir ante la bifurcación del camino: o hay negociación o el ejército hará valer su ley. A un precio alto, sí, pero quizá inferior al que acompañaría a una caótica anarquía.

Álvaro Madrigal