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Sábado 10 Julio, 2010

¿Y quién explica a Dios?

“Sabemos poco del origen del universo, pero nada de Dios, y por lo tanto de la afirmación de que Dios explica el origen del universo se sigue una pregunta inmediata: ¿y quién explica a Dios?”. Con esa interrogante nos deja Savater, filósofo español, como quien tira una piedra y esconde la mano, porque ha sido hasta la fecha, y seguirá siendo, una pregunta que evade la capacidad humana. No podría el bacilo, aunque tuviera raciocinio, comprender algo tan distante para él como el movimiento de los cuerpos celestes.
Ante nuestra insaciable sed de certezas, de comprenderlo todo, nos hemos atrevido a lo largo de nuestra historia a tratar de probar o descartar su existencia (o explicar su esencia). Aristóteles por ejemplo, creía que cada efecto tiene su causa y cada causa la suya, hasta llegar a un principio innegable, un motor que dio inicio a todo lo demás. Visto desde nuestras teorías actuales, alguien tuvo que crear esa sopa primigenia del big-bang y hacerla detonar.
Tomás de Aquino profundizó en estas reflexiones y las amplió. Pensó que era más sencillo que las cosas no existan (es más fácil ser un objeto inerte que uno vivo y mucho más fácil no ser nada) por lo que debía existir al menos un ser necesario que justificara la existencia de todo lo demás. También reflexionó sobre el diseño inteligente de cuanto hay —difícilmente azaroso— y que la posibilidad de perfección supone la existencia de un ser perfecto.
Otro ejemplo lo tenemos en Descartes, quien tratando de llegar a alguna verdad absoluta solo pudo concluir certeramente que pensaba, lo que constituía prueba de su propia existencia (resulta menos confuso traducir su célebre frase como: “pienso, por tanto, existo”). Pero la seguridad de existir ni siquiera le hizo suponer su presencia física, mas sí un lugar para su autoconciencia al que llamó “alma” y una entidad que tuvo que crearla (pues no se hizo solo), que bien podría ser Dios, o algo parecido.
Hay también quienes han refutado la existencia de una entidad divina, pues como Feuerbach piensan que el ser humano teme naturalmente a la muerte y para calmar su miedo proyecta un dios con características humanas, capaz de salvarle de su oscuro y amenazante destino.
O bien, en palabras de Miguel de Unamuno: “Somos los hombres nuestro propio sueño y el sueño unos de otros, por eso necesitamos de un Alguien dormido que eternamente nos sueñe y al que mantenemos dormido con la cadencia de nuestras liturgias, no sea cosa que despierte y sea definitivamente nuestra muerte”.
La verdad, no somos capaces de explicar a Dios enteramente, ni como creación ni como creador, mucho menos como un ente con un papel activo y redentor en la historia. Esto viene a ser, como lo ha sido siempre, una cuestión de fe. Como explicara el también filósofo Luis Cencillo: “El hecho que fundamenta la fe no puede demostrarse, ni refutarse tampoco: o se han producido alguna vez la comunicación, la oferta y la interpelación divina a la especie humana, o no se han producido; si se han producido hay que tomarlas muy en serio, mas si no se han producido tampoco hay que desoírlas, en cuanto mensaje cultural que alguna vez fue el hombre capaz de transmitir, pues sus contenidos no dejan de ser muy serios y proporcionan claves para la autocomprensión”. Es decir, exista o no exista Dios, que pensemos en esa posibilidad habla mucho de quiénes somos nosotros; en el entender de Hegel: la instancia (o al menos una de ellas) donde el universo se hace autoconsciente.

Rafael León Hernández
Psicólogo