Abel Pacheco

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Lunes 25 Julio, 2011


PARLATICA
Volcanes Guanacastecos

El nombre Orosi, palabra grave que designa un hermoso poblado paraiseño, deriva de un cacique huetar así llamado, que por ahí reinaba en los días de la conquista. Posiblemente el vocablo agudo Orosí, con el que hemos bautizado un volcán guanacasteco tenga parecido origen pero, la leyenda que a propósito tejieron los siempre mágicos pamperos nos relata la historia que procederé a contarles.
Allá por los tiempos coloniales, en una aldea cercana al coloso vivía un cura párroco a quien un indio viejo le contó que, en su huida de los españoles, los chorotegas habían enterrado cerca del cráter un tesoro formado por muchos lingotes de oro y de plata.

Oír esto y comenzar a soñar Tata Cura con salir de la pobreza parroquial fue un solo hecho. El buen sacerdote dejó de dormir por estar pensando en lo que haría de encontrar el tesoro: Erguido campanario con cantarinos bronces, bancas fuertes y lustrosas de puro cenízaro, altar con áureos candelabros, sotanas nuevas y hasta una cama bien maciza para reponer la cuja destartalada y culpable de desvelos y pesadillas diabólicas y sensuales...
Ni lerdo ni perezoso, nuestro amigo preparó una expedición con sacristanes y monaguillos, bien aperada de víveres, oraciones y una botellita de algo para espantar el frío.
De madrugada partieron soñadores, optimistas y cantando himnos, rumbo a la prosperidad que les depararía el tesoro.
Pero no era fácil el ascenso. Había que caminar por trillos de dantas bordeando precipicios, cruzar ortigantes charralones, escalar cuestas casi verticales y exponerse a ser arrancado de la senda por furibundos ventoleros.
Al ver lo poco que se avanzaba y al borde ya de la desesperación, Tata Cura gritó : “Señor, ¿En verdad hay aquí lingotes de plata y oro?”
Se abrieron los cielos, cesó la cilampa, y una voz poderosa clamó desde las alturas:
”¡PLATA NO...ORO SI!”, mientras temblaba la montaña y se desataban vientos huracanados.
El susto fue más grande que la fe y la ambición del buen párroco, y patitas pa'que te quiero, cura, sacristanes y monaguillos dieron agua a los caites y partieron cuesta abajo en veloz huida, dejando tirados víveres, sueños, botellita de espantar el frío e ilusiones, en poco airoso eclesiástico tropel despavorido.
Desde entonces y en recuerdo a aquella voz poderosa, el volcán fue bautizado Orosí...
Bonita historia, tiene la picardía que ponen los guanacastecos a sus relatos.
Me queda hablar del Miravalles pero, si desde su cima se divisan las llanuras de Santa Cecilia, de San Carlos y de Sarapiquí, el Lago de Nicaragua con sus volcanes, la laguna de Arenal y mil otras maravillas de este nuestro país paisaje, no creo el nombre requiera explicación.
Les cuento que esta columneta está cumpliendo un año de vida, y hasta la próxima.

Abel Pacheco