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Martes, 23 de abril de 2019



COLUMNISTAS


Visita papal a Panamá

Emilio Bruce [email protected] | Viernes 25 enero, 2019


Nada más positivo en estos días que la visita papal a Panamá y la reunión de juventudes católicas en torno a Francisco en aquella ciudad. Estas visitas nos ayudan a todos a reflexionar sobre el papel de la Santa Madre Iglesia, sobre sus componentes como lo son el clero, los fieles bautizados y el Espíritu Santo.

Sí, la reflexión sobre nuestro papel en la Iglesia, sobre nuestra misión en este mundo y el camino de la salvación que con facilidad son pospuestos y a veces incluso olvidados. Las visitas papales son propicias para que celebremos la vida, la familia, el bien, nuestra lucha por la salvación, nuestra condición débil y pecadora y la ayuda y fortalecimiento que nos provee el Santo Espíritu para enfrentar nuestros destinos.

Todos nosotros los laicos, los fieles bautizados, deberíamos bendecir y estar muy agradecidos con el clero. El clero no es la Iglesia, ni lejanamente lo es, pero son los que con voto de pobreza, obediencia, celibato y castidad según sea, buscan la luz del Santo Espíritu para dirigir sus asuntos, ayudar a los que requieren amor, asistencia material, curación de las heridas de cuerpo y alma. Sus naturalezas son las del resto de los hombres con sus vicios, debilidades y condiciones humanas tal cual. Con frecuencia los fieles les atribuimos grandeza y fuerza de la que carecen y con frecuencia también reciben exigencias, la crítica, la descalificación, el desprecio e inclusive el oprobio por cumplir su misión de ayudar a la humanidad a seguir la ruta de la salvación.

Los seres humanos en nuestra complejidad con frecuencia exigimos a nuestros clérigos que sean mejores, más rectos, más compasivos y más cumplidores que nosotros de las obligaciones propias de acuerdo a nuestra adhesión al dogma, a las enseñanzas de la Iglesia y al amor al prójimo. Somos grandes críticos de seres humanos como nosotros, que, aquejados de las debilidades y pasiones de todos los laicos, buscan servir a la Iglesia y a nosotros la grey en posiciones de sacrificio y de exposición pública. Mal hacemos en juzgarlos, en etiquetarlos, en acusarlos en sus defectos y en sus ligerezas. Ellos deben cumplir con las leyes del país y siempre resguardar los retoños de nuestras familias y lo más preciado nuestro: nuestras almas y nuestra fe.

La llegada del Santo Padre Francisco, nos debe hacer reflexionar sobre nuestras verdaderas convicciones religiosas, sobre nuestros valores sobre el matrimonio y la vida, la reproducción y la transmisión de principios y sentires profundos sobre estos. Nos debe hacer volver la conciencia en meditación sobre nuestras obligaciones espirituales, morales, con los nuestros, con nuestra ruta de salvación, nuestras omisiones y pecados.

Miles de jóvenes que son el futuro de la humanidad, de la Patria y de la Iglesia se han estado dirigiendo hacia Panamá como peregrinos desde hace muchos días. Para ellos nuestro entusiasta reconocimiento y nuestra motivación de nunca cejar en la lucha por el bien, por el amor al prójimo, por la tolerancia, por el rechazo del pecado y del mal.

Miles de jóvenes henchidos de bien y con la ilusión elevada al Altísimo de buscar ser mejores y ayudar a todos a serlo, también estarán allá. Una gran reunión de personas y espíritus, de intenciones de bien y metas a cumplir en ese campo se dará lugar en Panamá. Para todos ellos nuestra adhesión espiritual. Para los de nuestra propia familia el deseo de que todo les resulte bien. Para nuestra sobrina Denise Marie Holst peregrina al encuentro papal y quien contraerá matrimonio católico unas semanas después de esta Jornada de la Juventud nuestro corazón. Que Dios los acompañe siempre.

Para el señor Presidente de Costa Rica, católico como es, nuestro agradecimiento por haberse sumado a la visita papal. Así se hace, don Carlos.





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