Mishelle Mitchell Bernard

Mishelle Mitchell Bernard

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Jueves 4 Mayo, 2017

Violencia sí, pero no en mi casa

Como con todas las cosas negativas, los seres humanos elegimos distanciarnos de aquello que nos haga lucir mal. Las calles sucias están más allá de nuestras puertas; nuestras casas lucen pulcras, impecables, aunque a veces desde la ventana de nuestro auto o del autobús lanzamos desechos en la vía pública. La desconsiderada acción contradice la afirmación de que “soy una persona que valora el orden y la limpieza”.

Hacia afuera proyectamos lo malo, lo socialmente reprochado: la suciedad, los malos modales y también la violencia. Por ello, resulta contradictorio que mientras en la realidad la mayoría de los casos de abuso y violencia en contra de la niñez suceden en el ámbito del hogar y la escuela, la población percibe que la violencia ocurre fuera de sus casas.

Un sondeo de opinión pública realizado por World Vision con la firma IPSOS en 2014, reveló que el 53% de los latinoamericanos percibimos la violencia contra los niños como un fenómeno que tiene lugar principalmente en espacios públicos (calles, parques, etcétera). Únicamente el 12% creía que ocurría en los hogares y un 15% en las escuelas.

Los datos de incidencia de casos de violencia contrastan con las percepciones y muestran una realidad muy distinta: UNICEF consigna que dos tercios de los niños de entre dos y cinco años de la región han sufrido violencia física en sus propias casas. Quienes perpetran tales actos, en su mayoría son los padres o madres de familia, cuidadores, o personas conocidas del niño.

La esfera doméstica, el lugar donde los niños y niñas deberían sentirse a salvo, es un lugar de alta vulnerabilidad. Las consecuencias, además de profundas, tienen efectos que perduran toda la vida.

Un niño sometido a abuso físico sufre estrés, pero no el estrés normal relacionado con la sensación de urgencia por concretar una tarea o ganar una competencia. El estrés tóxico produce secreciones químicas que alteran la capacidad cognitiva, el desarrollo físico, emocional y hasta espiritual de los niños y niñas.

Estos son niños que presentan dificultades de comunicación y socialización, bajos niveles de tolerancia, y en muchos casos, la necesidad de aislarse ante el temor generado. La crianza con patrones violentos en no pocos casos, modela relaciones tóxicas que al llegar a la edad adulta emulan la falta de empatía y la irascibilidad.

Reconocer la violencia contra los niños y las niñas en nuestras casas, significa desterrar prácticas tan comunes, pero dañinas como el “chancletazo”, el “fajazo”, el “manazo”, la amenaza constante y la humillación e insultos.

No me avergüenza reconocer que más pequeña me gané algunas citas con la faja, el último recurso aplicado por mi mamá para castigar la desobediencia deliberada y desafiante que alguna vez mostré. Pero me enorgullece reconocer también que al crecer mis padres modificaron las técnicas correctivas por otras más persuasivas, e igualmente efectivas y rigurosas para administrar disciplina.

Un cuidadoso sistema de consecuencias, recompensas y gratificaciones, y una altísima dosis de diálogo, sustituyeron la vieja fórmula de la amenazante faja. Y ahora, con más recursos, más conciencia e información me corresponde formar a dos ciudadanos, que dentro de su casa y fuera de ella, rechazan la violencia como mecanismo para disciplinar.

La autora es directora regional de Comunicaciones de World Vision para América Latina y el Caribe