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Jueves 28 Mayo, 2015

Verny Huertas Franco


El aviso publicado en un periódico de estos días me causó, para decir poco, una profunda consternación.
Después de más de 25 años de ser su paciente el Dr. Huertas anunciaba el cierre de su consultorio y el cese de su ejercicio profesional.


Claro que siempre supimos que, como todo en la vida, llegaría el momento en que Verny haría un “hasta aquí”, sin embargo, también como suele suceder, no llega uno a percatarse que ciertas personas se han hecho indispensables hasta que, por una u otra razón, ya no están más ahí.
Hace tantos años como un cuarto de siglo, o más, mi colega, amiga y compañera de bufete, Karla González, nos hablaba con especial regocijo y afecto de su médico personal, como ese galeno de absoluta identidad con los pacientes, de un certero diagnóstico, pero, sobre todo, de una extraordinaria calidez y calidad humana.
Tuve entonces la bendición de visitarle en su consultorio por primera vez y desde ese momento surgió una entrañable relación paciente-familia-médico, tan sólida y fiel como la que el doctor ha tenido y tiene con cada uno de sus pacientes, en cuyas vidas entró y ha permanecido como sabio consejero y amigo leal.
Tuve la fortuna de conocer a doña Cuca, su mamá, que le ayudaba en su oficina. En las larguísimas horas de espera entre decenas de pacientes muy pacientes, era un sabrosísimo placer conversar con ella, siempre afable, cordial y con una alegría tan natural y espontánea que muchas veces llegué a creer que la cura comenzaba a producirse desde que comenzaba a intercambiar con ella toda suerte de anécdotas. Doña Cuca, tenía, igual que todos nosotros, una fe ciega en la excelencia profesional de su hijo y en la certidumbre y exactitud de su diagnóstico. Recuerdo como se reía cuando decía que Verny era tan acertado que el día que le dijera, “mamá, te veo mal” ese mismo día se iba a morir.
No dudo que hay miles de testimonios sobre la dedicación, la voluntad, la entrega, el compromiso y el desapego a lo material que caracterizan al Dr. Huertas Franco.
Aunque probablemente a sus visitantes primerizos podía intimidar su sobriedad, es fácil encontrar en él, en la confianza que brinda el tiempo, un gran conversador, un ciudadano preocupado por los temas más álgidos del país y de la política, siempre dispuesto a brindar un consejo de vida.
Verny Huertas es un hombre extraordinario también por su inapelable apego a las normas que forman su vital concepto de la moral y de la ética profesional y su profundísima fe. No dejó de emocionarme en una de mis últimas visitas, su convicción sobre la existencia de un estadio superior, de una vida trascendente después de nuestro paso fugaz por la existencia material.
Estoy convencido de que mis experiencias sobre la entrega de Verny a su profesión y a sus pacientes es una nota común de todos quienes fuimos bendecidos de ser sus pacientes. Igual me atendió a la 1 de la mañana como me devolvía la llamada casi de inmediato cuando le pasaba un mensaje por “beeper” o me llamaba a cualquier país donde me encontrara enfermo.
Su retiro del ejercicio activo de la profesión que con tanta pasión y excelencia desempeñó, todos los días y a cada hora, le hará muy bien. Ya es hora de que Verny se tome un largo descanso y que disfrute plenamente de su otra sublime pasión: su familia.
Nosotros, sus pacientes egoístas, que quisiéramos tenerlo siempre ahí, con el tiempo dejaremos de sentirnos terriblemente desamparados, aunque le recordaremos con profunda gratitud y nostalgia.
Verny, un gracias inmenso y profundamente afectuoso no es suficiente para expresar el sentimiento de tus pacientes.
Te deseamos larga vida y felicidad.

Verny Huertas Franco