Pedro Oller

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Martes 15 Enero, 2008

Ver atrás…

Pedro Oller

¿Es necesario ver hacia atrás para ver el futuro? Feliz año para todos.
En un interesante ejercicio, eso es precisamente lo que hizo el New York Times el penúltimo día de 2007. Remembrando las predicciones hechas el 1º de enero de 1908, el periódico pidió a varios residentes de la Gran Manzana aventurarse a visionar lo que espera a los habitantes de esa ciudad en 2108.
En 1908, los lectores del periódico New York World leyeron un ensayo que presagiaba trenes giroscópicos que viajarían a más de 200 millas por hora, la sustitución energética del carbón por la fuerza de las mareas, edificios de más de 1.000 pies interconectados por marañas de puentes y aviones. Otras predicciones fueron, sorprendentemente, más ajustadas a nuestra realidad: cielos repletos de aeroplanos, trasplantes de órganos y teléfonos de bolsillo que harían localizables a las personas donde quiera que estuvieran.
Pero, ¿cuáles son las expectativas actuales? Veamos.
Para Ken Perlin, inventor de la Universidad de Nueva York, en un siglo todos tendrán implantes de pantallas en sus ojos que les permitirán acceder a la información de forma casi inconsciente. Para el financista Jim Cramer, el centro financiero mundial será Dubái o Pekín y Nueva York estará en manos de inversionistas chinos y árabes. Robin Nagle, antropóloga y autora, predice que los rellenos sanitarios serán sitios de interés pues evidenciarán nuestra cultura (o falta de ella) bajo el supuesto que en 100 años, la basura dejará de existir.
Bill T. Jones, coreógrafo, tiene una visión apocalíptica marcada por la amenaza del calentamiento global y la posible explosión de otra bomba atómica. En consecuencia, piensa que el arte será más una manifestación nostálgica que evolutiva, regresando a quienes puedan disfrutarlo (pues anticipa que estará reservado para la opulencia) a una época mucho más feliz.
Kate Kaplan, estudiante de sétimo año, imagina una ciudad repleta de rascacielos interconectados por túneles superficiales. El Empire State Building será sustituido por un Starbucks gigante como el edificio más alto de la ciudad y el Central Park tendrá que refugiarse en una burbuja para protegerlo del calentamiento global.
El autor Oscar Hijuelos ve una ciudad reservada para los ricos en la que los inmigrantes dejarán de tener la posibilidad de realizar el sueño americano. Mientras tanto, según Paul Nurse, de la Universidad Rockefeller, la continuidad de las estructuras sociales actuales fomentará el desarrollo de la investigación y la innovación. Carol Willis del Museo Skyscraper, por su parte, imagina una ciudad que, si no está bajo el agua, mantendrá su estilo arquitectónico como han hecho Roma o París. Cambiarán, eso sí, las fachadas de los edificios permitiendo la proyección de imágenes e información.
De los dos últimos, Daniel Boulud, quien es un tremendo chef, piensa que será difícil tomarse el tiempo para disfrutar la comida. Los alimentos genéticamente producidos estarán a la orden del día aunque apuesta por que seguirá también la tendencia por lo natural y lo local. Y, para Kim Hastreiter editora de la revista Paper, la isla de Manhattan será reducida a la mitad por el mar, el clima tropical y sufrirá un horroroso problema de lagartos.
En resumen, pareciera que los problemas climáticos y del medio ambiente transformarán en mucho la ciudad a 100 años plazo según sus habitantes actuales. Coinciden también en que los ricos terminarán de apoderarse de Nueva York. Sin embargo, hay también optimismo y una buena dosis de humor en estas percepciones tan dispares. Si bien irreverente e improbable, es un sano uso de la imaginación.