Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 30 Junio, 2016

¿Cómo no van a multiplicarse casos como el de Urbina, máxime si no hay un buen director de orquesta, un único libreto y una batuta que procure la armonía?

Urbina, otro más

Cayó el viceministro de Transportes. La salida de Sebastián Urbina fue ruidosa y desleal por la manera empleada por el presidente de la República para prescindir de sus servicios, incompatible con los conceptos que don Luis Guillermo tenía acerca del desempeño de su colaborador. Y descortés con quien lealmente, apenas horas antes, le había ofrecido irse del ministerio, ofrecimiento que el propio gobernante le desestimó. Evidentemente Urbina fue la víctima propiciatoria de las presiones de los autobuseros con interés de sacar del tablero a la ficha que les estorbaba. Al novel funcionario público —con calificados méritos profesionales, suficientes para llevar a buen puerto un trabajo de laboratorio— se le pasó por alto que en ese ministerio, a partir de determinado peldaño, los asuntos en trámite quedan expuestos a las valoraciones políticas, a veces bastantes como para eterizar los patrones técnicos. Cuando se percató de que así son las cosas y entendió —malgré lui— que debía dimitir, ya le habían robado la vuelta. Con la ingenuidad de quien no tiene espuela política, confió en la segunda oportunidad que le ofrecía el jefe de Estado en el mismo viceministerio, sin percatarse de que en Zapote las pasiones y las intemperancias se agitan desordenadamente al impulso de los veleidosos vientos. Una opinión que externó en las redes sociales sobre el significado del servicio público, fue un torpedo a la línea de flotación del mismísimo presidente Solís, quien —sin atender las mínimas reglas de cortesía— le notifica su defenestración. No pura y simple, sino matizada con piropos a sus virtudes profesionales que llevaban el tufo de la doble cara.
Tengo bien claro que al presidente de la República le compete en forma exclusiva la decisión de conformar su gabinete. Sobre él recaen las responsabilidades por el desempeño de sus colaboradores, con sus aciertos y sus errores, al grado de tener que vivir en permanente valoración de su desempeño para poder ejercer control de calidad sobre las tareas acometidas para ejecutar el programa de gobierno. De ahí la importancia de una refinada escogencia de los miembros del gabinete, tanto de su competencia profesional y solvencia moral cuanto de su habilidad política y de su afinidad y coherencia a la hora de los emprendimientos en equipo y de dar vida a ese programa. Lamentablemente no siempre se imponen estas providencias, como es el caso de la administración Solís, que exhibe con crudeza una grave falla a este respecto. De ahí la deriva hacia el marasmo, la inepcia, la discordancia en la gestión de gobierno, entrampada desde sus primeras semanas por la inexperiencia en la función pública, la torpeza política y la atonalidad del gabinete y de la regencia de las autónomas. En esa cruda realidad, ¿cómo no van a multiplicarse casos como el de Urbina, máxime si no hay un buen director de orquesta, un único libreto y una batuta que procure la armonía? En un entorno tal no son de recibo las especulaciones sobre el poder de los grupos de presión y sus intrigas para desplazar ministros. Tema para otro día.

De cal y de arena
Álvaro Madrigal