Mónica Araya

Mónica Araya

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Martes 7 Junio, 2016

 A medida que la política se convertía en un elemento central para la nobleza de la época, el término oikonomía entró a formar parte de la esfera política y a convertirse en objeto de reflexión filosófica

Una nueva oikonomía

“Economía” proviene de la palabra griega oikonomía (ο’ικονομ?α), la cual a su vez se compone de dos palabras: oikos, que se traduce generalmente como hogar, y nemein, que se traduce como “gestión y dispensación”.
En un reciente artículo, Dotan Leshem ha explorado con más detalle lo que los antiguos filósofos griegos entendían por oikonomía. En la antigua Grecia, el oikos hacía referencia a un hogar, pero no solo en el sentido de una unidad de consumo familiar, sino en un sentido de estado. Un oikos era también una unidad de fabricación, que suministra a las familias todas las necesidades.


Esto deja claro que para entonces el centro de la economía, el gobierno y la filosofía no era el dinero, como sí la familia.
A medida que la política se convertía en un elemento central para la nobleza de la época, el término oikonomía entró a formar parte de la esfera política y a convertirse en objeto de reflexión filosófica.
De acuerdo con algunos escritos, la vida de la cabeza familiar (o oikodesptes) se circunscribía a tres dimensiones: la filosofía, la política y la economía. El excedente generado por la oikonomía estaba por tanto destinado a permitir que el cabeza de familia pudiera participar en la política y dedicarse a la filosofía.
Esta lógica giraba en torno a tres conceptos: la abundancia, la racionalidad económica y el excedente. La abundancia se consideraba que era un atributo de la naturaleza, la cual se suponía capaz de satisfacer con creces las necesidades de todos los seres si era gestionada racionalmente. El excedente, por su parte, era resultado del comportamiento racional del cabeza de familia, es decir, aquel excedente de la naturaleza que no se utilizaba para asegurar la existencia familiar. De este modo, los antiguos filósofos pensaban en la oikonomía como una esfera en la que el hombre, que vivía en un entorno de abundancia, debía adoptar una disposición ética en su racionalidad económica que le permitiera hacer frente a sus necesidades y generar excedentes que alimentaran a las esferas filosófica y política.
A pesar de que el excedente (o superávit) de la antigua oikonomía se generaba debido a la esclavitud y la negación de los derechos a las mujeres, esta también contemplaba ciertos juicios éticos. Ciertamente, deberíamos ser capaces de identificar una variedad de bases éticas para una economía moderna sin la necesidad de recurrir a la esclavitud o a la negación de derechos humanos y civiles de ningún ser humano. En este sentido, el autor concluye que el análisis económico debería incorporar un debate ético, de tal forma que la racionalidad económica sea redefinida en términos de la mejor manera de acercarse a los objetivos que se desprendan de un marco ético acordado. Este marco ético podría poner en duda la consecución de algunos objetivos económicos nacionales como fines en sí mismos.
¡Qué difícil es no perder el rumbo, cuando no se tienen claros el objetivo, los principios y valores que enmarcan las políticas y la estrategias a ser implementadas! ¿Será por eso que nos cuesta tanto ponernos de acuerdo?

Mónica Araya