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Una carrera peligrosa


Aquel oasis de paz en el que el sonido de una bala escandalizaba a cualquiera ha quedado poco a poco en el olvido y, con los años, los costarricenses estamos a punto de caer en la carrera armamentista que por tantos años repelimos de otros países.
En un desenfrenado afán de defensa propia, la cultura pacífica característica del ser costarricense se ha deformado hasta llegar a considerar “normal” armarse como mecanismo de protección ante la delincuencia.
Tal y como lo informa hoy LA REPUBLICA, la creciente inseguridad ciudadana ha desatado la adquisición de pistolas al punto que la cantidad de armas inscritas por año se ha triplicado en un lapso de 17 años.
Específicamente en 1989 se matricularon 1.805 armas mientras que en 2006 fueron 6.018, estadísticas que resultan alarmantes para un país mundialmente respetado por ser apacible pero vehemente en su defensa del orden y el respeto.
Sin embargo es bien sabido que la violencia con violencia no se resuelve y, lejos de contribuir a mejorar el ambiente, lo descompone hasta convertirlo en un lugar casi inhabitable.
Las cifras demuestran que cuanto más armas circulen, tanto más violentos serán los homicidios. Un estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que expone hoy nuestro periódico, encontró que un 52% de los homicidios dolosos en 2003 fue cometido con armas de fuego, cifra que se elevó a un 61% en 2006.
Las palabras de la investigadora del PNUD son contundentes: “La mayor circulación de armas significa alimentar el ciclo de la violencia. La simple decisión de comprar un arma conlleva otra: Estar dispuesto a matar”.
¿Estaremos entonces los costarricenses abandonando nuestra idiosincrasia y adoptando conductas de naciones menos desarrolladas?
Costa Rica no puede abandonar sus valores y principios diferenciadores. Las estadísticas que hoy estamos dando a conocer no pueden ser ignoradas y deben tomarse con la seriedad del caso.
No podemos ser indiferentes ante una realidad que tarde o temprano nos perjudicará a nosotros y a las futuras generaciones. Es hora de actuar y eso nos involucra a todos.


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