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Preocupa que, por falta de educación financiera, las familias estén costeando con las tarjetas de crédito un estilo de vida que no pueden sostener


Una burbuja empieza a crecer

El saldo que los costarricenses manejamos en las tarjetas de crédito creció un 18% en el último año, cifra que supera por mucho los números de inflación o ajustes salariales.
El usar la tarjeta de crédito para financiar las compras es correcto, incluso obtener provecho de los puntos que ofrecen como incentivo, siempre y cuando se tenga conciencia de la capacidad para cancelarla de contado a la llegada de cada estado de cuenta.
Sin embargo, la nueva economía, como la llamaron los economistas a finales del año anterior, supondrá un ritmo de crecimiento mucho más lento, por tanto sugiere que el presupuesto doméstico debe ser revisado con mayor detalle.
Preocupa que, por falta de educación financiera, las familias estén costeando con las tarjetas de crédito un estilo de vida que no pueden sostener.
La otra posibilidad es que las expectativas del futuro sean demasiado optimistas, cuando en realidad la economía va por la cuerda floja y aún no da pistas de si estamos ante un año de crecimiento o de récord de cierre de empresas.
Los hechos concretos sugieren que el año será duro, la inversión por llegar no compensa la que se ha ido. Las expectativas empresariales tampoco suponen aumentos salariales considerables, ni crecimiento de las planillas.
Por esa razón, resulta prudente advertir a quienes en este momento financian sus gastos básicos con una tarjeta de crédito, porque pueden tener en las manos una bomba de tiempo.
Por lo general, las tarjetas cobran una tasa de interés alta porque es un producto de alto riesgo para los bancos. Esto, sin ser culpa de los banqueros, puede ser la soga al cuello para quienes están financiando un estilo de vida apalancados en el dinero plástico.
Los diputados quisieron evitar esta burbuja al promover una ley contra la usura en las tarjetas de crédito, pero carece de apoyo porque nada tiene que hacer el Estado regulando un mercado abierto como el bancario.
Más bien, urge en este momento una campaña de educación financiera masiva, en la que los mismos bancos deberían invertir para garantizar que sus deudores estarán en la capacidad de pagar.
El Ministerio de Educación ejecuta un esfuerzo junto con la Cámara de Bancos, pero es insuficiente para atender el problema que en este momento los tarjetahabientes tienen en sus cuentas.
Resulta conveniente y oportuno que la Superintendencia General de Entidades Financieras, como lo hace la de pensiones, invierta para capacitar a las personas en el uso de instrumentos financieros que, bien usados, pueden ser de gran beneficio.

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