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La responsabilidad con nosotros mismos y con los demás son temas que tienen una proyección universal en el tiempo y el espacio
Un visionario del nuevo siglo

Este domingo, la Iglesia católica celebra la beatificación del papa Juan Pablo II.
Si bien es un proceso que concierne exclusivamente al creyente católico, en este caso, excede el ámbito de la fe, dada la trascendental labor de este Pontífice.
La relevancia de su figura como forjador del siglo XXI estriba, entre otros motivos, en su insistencia al señalar —por todos los rincones del planeta y ante los más diversos regímenes políticos y económicos— que la razón de los males sociales es de índole moral.
No paraba de subrayar la necesidad de pasar de un comportamiento inspirado en el egoísmo, a una cultura de solidaridad.
Corolarios de este mensaje son sus constantes exhortaciones a salvar el abismo cada vez más ancho entre países ricos y pobres.
La concentración de la riqueza —“violación escandalosa del destino universal de los bienes”—. La responsabilidad que tiene la sociedad con respecto a la naturaleza y las generaciones futuras en el campo ecológico.
Un compromiso decidido con la paz mundial y el respeto a la vida. La integridad de la persona. Una mayor participación en la creación y distribución de riqueza global. La realización humana del trabajador, la solidaridad y la práctica de las “virtudes sociales”.
La responsabilidad con nosotros mismos y con los demás, forman parte de la amplia gama de temas cuyo interés no se circunscribe a los ámbitos ideológico o político, sino que tienen una proyección universal en el tiempo y el espacio, y que constituyen el magisterio que el Papa Viajero nos dio y sigue dando en nuestros días.
Juan Pablo II encarna, así, esa capacidad que posee la persona de concebir el deber por encima del poder.
Karol Wojtyla abrió a la humanidad un camino que conduce hacia una sociedad más digna y humana, solidaria con los semejantes.
“Hombres de todas las posiciones e ideologías que me escucháis: (...) Recordad que todo hombre es vuestro hermano y convertíos en respetuosos defensores de su dignidad. (Homilía -Guatemala de la Asunción , 7 de marzo de 1983)
Su voz no es ajena ni siquiera al no creyente, es un mensaje de humanismo. Testimonio de esto fue su viaje a Cuba. Ahí una muchedumbre que transcurrió décadas de formación laica, sin Dios, acogió su mensaje con esperanza y fe, lo recibió como a un hombre de Dios. Este fenómeno por sí mismo, bien cabe dentro de lo que un católico denomina legítimo milagro operado a través de él.


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