Macarena Barahona

Enviar
Sábado 14 Noviembre, 2009


Cantera
Un Robinson tico

En 1993, la Editorial Fernández Arce, en su colección Clásicos Costarricenses reeditó la novela de Caridad De Salazar de Robles, editada por primera vez en 1927, en la Imprenta Maria V. de Lines.
Esta escritora, nacida en Canarias, sobrina de los hermanos Fernández Ferraz, que desde 1869 residían en Cartago, contratados por el presidente Jesús Jiménez para dirigir el Colegio San Luis Gonzaga, vino a Costa Rica con su familia en 1872 siendo aún muy niña, Residió en Cartago donde tuvo diez hijos con Juan Robles Guzmán. Falleció en 1948. Doña Caridad tuvo una gran obra literaria, novelas, cuentos, poesías, ensayos, artículos periodísticos.
Utilizó seudónimos, femeninos y masculinos. Desde 1902, dedicada a la educación en Alajuela, empezó a escribir con el seudónimo de Clarisa o Maria de Silva; en la presentación de Mario Fernández Lobo cita: La mujer, en Costa Rica, no debe escribir como mujer, porque nadie la toma en cuenta, pero si se cubre con un sombrero de hombre y toma nombre masculino, si se le atiende, al sombrero, en los asuntos locales o de interés público.


Caridad De Salazar, ligada familiarmente y culturalmente a líderes de la educación liberal en nuestro país, que tanto sembraron y cultivaron por varias generaciones de jóvenes, dedicó su afinidad literaria a crear mundos de ficción y aventura que poseyeran la magia intrínseca con nuestra naturaleza prodigiosa y sirvieran siempre a esos anhelos que una educadora y madre busca. Captar la atención, crear pasión por la lectura, y aprender, de valores y conocimientos.
En esta novela de casi 300 páginas, la autora narra peripecias y aventuras de un joven cartaginés, que en su orfandad económica porque no emocional, busca su destino cuando la educación pública se le agota, y sin recursos para proseguir estudios universitarios se inicia en los cuidados de una hacienda importante.
1863, Jorge Herradora, bachiller a los 15 años (según los estudios de la época), busca destino, forjar su madurez en las tierras recién colonizadas por las familias principales de Cartago, de Santa María de Dota.
Una naturaleza descrita con la pasión y meticulosidad, no de una profesora de botánica, sino más bien de una naturalista, que en nuestro presente sería una apasionada ecologista.
El detalle de la flora y la fauna, y sobre todo nuestro joven personaje principal y su, aún más joven, acompañante (un cholito, un Viernes a lo tico) inmersos en su lucha por la sobrevivencia, en esta parte del país, que para los pobladores de Cartago aún estaba por descubrir .
La novela elabora más de un conflicto, construido sobre el eterno equilibrio del ser humano, su inteligencia versus el animal salvaje, y cómo sus capacidades pueden llevarlo a enaltecerse o sucumbir.
La creatividad, de la mano de la instrucción o capacidades en los oficios y en la ciencia.
Se construyen los personajes, estos jóvenes, para que en el transcurso de la obra se forjen como hombres, crecen, aprenden y sufren.
A tantos años de haber sido escrita, nuestro Robinson Tico, todavía se lee fresco, e invita a la naturaleza, a conocerla y aún más, a reconocer tanto mérito a las pioneras de nuestra literatura, que no solo se inspiraron en lo más esencial del país, su naturaleza, sino que su legado, nos brinda la posibilidad de conocer una parte de nuestra patria, olvidada en la historia, y desfigurada en nuestra cultura.