Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 11 Agosto, 2016

Suficiente desgaste político tiene el presidente Solís Rivera como para esperar cruzado de brazos la llegada de un nuevo fracaso en la tarea de reconstruir —ahora sí— ese puente sobre el río Virilla

De cal y de arena

Un puente, el clímax de la inepcia

La simpleza de la jerga popular lo bautizó como el puente de La Platina, sin imaginar que el “incidente” de hace siete años llegaría a dar lugar al clímax de la incapacidad en la historia de la gestión de la obra pública en Costa Rica. Suficiente desgaste político tiene el presidente Solís Rivera como para esperar cruzado de brazos la llegada de un nuevo fracaso en la tarea de reconstruir —ahora sí— ese puente sobre el río Virilla, de lo que el gobernante quiere curarse. De ahí que haya fijado un plazo perentorio de 12 meses al ministro de Obras Públicas para reconstruir el puente. Es un emplazamiento equivalente a un anticipo inevitable de renuncia para el Ing. Carlos Villalta, visto que “la caída” del puente aparejaría la caída del ministro; nunca la caída del Presidente de la República. Solo faltaría que sin partido y sin fracción parlamentaria decididos a darle un apoyo vigoroso, sin el favor de la opinión pública y sin credibilidad en su fogoso verbo, a LGS se le caiga el puente. Entonces sí que pasaría al armario de las momias políticas sumidas en histórica orfandad.
Hace siete años reventó el problema. Tres gobiernos con distintos plazos y diferentes grados de responsabilidad. Se ha hecho gala de torpeza política y técnica en la gestión de este trabajo, suficientes para dar pie al criterio de que atrás de las paredes del ministerio y sus dependencias existe una oprobiosa manera de administrar, en mucho culpable del virtual colapso de la infraestructura vial nacional. ¢7.400 millones comprometidos en la fallida obra y una suma infinitamente superior perdida por la afectación de la producción nacional, de la calidad de vida y por la frustración popular, hacen de este caso un ilustrativo ejemplo de lo que significa la impericia en un importantísimo ministerio. Víctima del despojo de su vital misión de planear y ejecutar, también se quedó sin músculo presupuestario desde que perdió los fondos para inversiones en obras de infraestructura —de los años 80 a esta parte— por un monto cercano a los $20 mil millones. Agréguese el inexplicable renunciamiento al uso de créditos autorizados por $3 mil millones sobre los cuales están pagándose intereses de compromiso. Entonces, ¿cómo es que se gobiernan el MOPT y sus satélites? Lo preguntaba el exministro Rodolfo Méndez Mata en entrevista con Claudio Alpízar, al denunciar estas atrofias.
Méndez, como titular de Obras Públicas y Transportes, convivió con el hoy irredento mundo de sus Consejos a los que él les atribuye una autarquía fatal para la concreción de resultados. Afirma que aparte de los magros recursos presupuestarios, el ministerio y sus satélites hoy cojean, chocan y dan grima por el modelo de gestión que siguen y por la presencia desvanecida de la autoridad política correspondiente al ministro: no tira línea ni manda y por vivir en un limbo político ha hecho posible que esta cartera haya perdido capacidad de ejecución, circunstancia que se agrava cuando el entorno del ministro está plagado de gente sin suficiente solvencia técnica. Por ese rumbo debe andar la causa de la pérdida de norte de este ministerio.