Humberto Pacheco

Humberto Pacheco

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Martes 2 Agosto, 2011


TROTANDO MUNDOS
¿Un País mejor?


Para cualquier liberacionista de hueso colorado hubiera sido impensable que un rejuntado de partidos minoritarios incompatibles ganara el directorio del Congreso. A nosotros nos pareció esperanzador, no importa la causa que lo propició. Lo importante es que un grupo de diputados de ideas encontradas lograron ponerse de acuerdo para un fin común. No vemos entonces razón alguna para que la gran mayoría del Congreso no pueda encontrar una razón superior para hacer una alianza por la patria, aunque sea transitoria y solo para la ejecución de algunas obras importantes.
El “impasse” en la Asamblea Legislativa nos hace pensar en lo bueno que resultaría un esfuerzo por acelerar algunos proyectos importantes para el país. Pero con realizaciones, no palabrería. Por ejemplo, el desembolso del préstamo de infraestructura por ochocientos cincuenta millones de dólares, que se ha manejado como un monumento a la ineficiencia y le está costando carísimo al país. Eso sería un buen ejemplo de una alianza por el patriotismo. Sin renunciar, desde luego, a supervisarlo.
Cualquier partido que eventualmente llegue al Gobierno se vería beneficiado sí el actual lograra mejorar nuestra anquilosada infraestructura. Esto, por supuesto, requiere también del concurso de la señora Presidenta y, a decir verdad, de un rigoroso “overhaul” a su equipo de Gobierno. Tampoco iría a contrapelo que doña Laura fuera más proclive a escuchar a los sectores productivos del país y menos a promocionar su imagen. Como habrá descubierto, esas promociones solo alcanzan para un rato pues al final es la sustancia lo que queda.
Dentro del mismo contexto, no alcanzamos a entender la sorpresa que ha causado el descalabro financiero de algunas instituciones autónomas. Que la Caja, Japdeva y empresas públicas, fuente de aprovechamiento ilícito de políticos y oportunistas, estén al borde del abismo, no es sino el rumbo lógico de las empresas estatales. Tienen corta memoria quienes ya olvidaron que el principal baluarte del comunismo en el mundo, una de las dos potencias más grandes de la historia -la Unión Soviética- cayó cual castillo de naipes porque sus empresas estatales, explotadas sin misericordia y pésimamente mal administradas, colapsaron. Y el gobierno se quedó sin recursos para seguirlas manteniendo.
Para modernizar a Rusia, que fue lo que quedó del imperio, Gorbachov no encontró la resistencia que se produce en este país cada vez que se habla de privatizar algunos servicios que en la mayoría de los países occidentales son privados y funcionan mucho mejor. No había en Rusia intereses creados que promocionaran a las empresas estatales cuales íconos de iglesia bajo un manto de soberanía. En nuestro país, por ese afán de reinventar la rueda, siguen en manos estatales cuando solo al principio, a inicios de la Segunda República, dieron muestras de servir bien a la comunidad.
Ninguna empresa que involucre inversión puede ser mejor manejada sí los fondos son públicos -o sea de nadie- que sí son propiedad privada de alguien a quien le costó ganárselos. Sí a eso agregamos la potestad de imperio del país para decidir cómo deben regirse las entidades que ponga en manos privadas, tendremos una combinación invencible. Un sistema en el que el Gobierno no tiene que invertir ni un cinco en infraestructura ni planillas, solo sentar altos parámetros de servicio y supervisar su buen cumplimiento con sanciones draconianas, y recaudar tasas, cánones e impuestos.
El solo proponerlo nos hace bárbaros ante algunos que no quieren ni analizar esta opción porque tienen miedo a que sí lo hacen, lleguen a la misma conclusión a la que con el paso de varias décadas hemos llegado nosotros.
El estado empresario es un fracaso histórico.

Humberto Pacheco
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