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Sábado 23 Febrero, 2008

Un día para sentirnos orgullosos

Oscar Arias Sánchez
Presidente de la República

El Día Nacional de la Empresa Privada, celebrado recientemente en nuestro país, es un día curioso en el calendario. No existe para conmemorar un evento específico. No está ahí para evocar una gesta del pasado. Tampoco está para recordarnos de cierto grupo excluido de la sociedad, o de ciertas personas que merecen más atención de la que diariamente les brindamos. Es un día para sentirnos orgullosos de lo que un grupo admirable de costarricenses ha logrado hacer por nuestro país: transformar a Costa Rica de un cuadro bucólico de campesinos descalzos y analfabetos, en una de las economías más competitivas de Latinoamérica.
Se atribuye al genio inglés, Sir Winston Churchill, las siguientes palabras: “algunos consideran que la empresa privada es como un tigre depredador al que le tenemos que disparar. Otros la consideran una vaca a la que podemos ordeñar. No son muchos quienes la ven como un poderoso caballo, que va tirando de una carreta reacia”. Los empresarios son ese poderoso caballo, la fuerza que va tirando de la carreta de la sociedad costarricense. Pero ¿qué pasa cuando el caballo corre firme, con buen ritmo y con rumbo, pero la carreta se resiste a caminar? ¿Qué pasa cuando miles de leyes, reglamentos, directrices y políticas han hecho que las ruedas de la carreta sean más bien cuadradas?
Sé que muchas veces eso es lo que sienten los empresarios en Costa Rica. Que están obligados a tirar de la carreta de una sociedad que con una mano les golpea con la fusta para que avancen más rápido, y con la otra mano les sostiene el freno que les impide avanzar.
En un mundo que cambia vertiginosamente, lograr una mayor eficiencia es indispensable para seguir siendo competitivos. Pero si el Estado se vuelve ineficiente en la prestación de servicios, si ahoga las iniciativas privadas con excesos de trámites y montañas de papeleo, entonces la competitividad del país se vuelve una tarea titánica. Francamente me sorprende que Costa Rica haya logrado crecer a un ritmo sostenido durante las últimas décadas, porque, como lo he dicho muchas veces, ese crecimiento económico ha sucedido a pesar del Gobierno, y no gracias al Gobierno. Esto es algo que ha empezado a cambiar en la presente Administración. No otra cosa nos dice el hecho de que el año pasado hayamos tenido un crecimiento económico del 6,8%; que hayamos recibido 1,885 millones de dólares en inversión extranjera; que hayamos logrado reducir la pobreza en 3,5%, hasta llevarla a su nivel más bajo en la historia, y que el desempleo sea hoy tan sólo del 4,6%, el más bajo de Latinoamérica. Los empresarios saben que este Gobierno está engrasando los ejes de la carreta, parafraseando a Atahualpa Yupanqui, y les aseguro que cada día la engrasaremos más y mejor.
Sin embargo, seguimos arrastrando taras sorprendentes. El ejemplo arquetípico lo encontramos en nuestra Asamblea Legislativa, y no me cansaré de repetirlo. Sé que los señores diputados y diputadas están conscientes de las serias deficiencias del Reglamento Legislativo, que como un revólver viejo y oxidado nadie sabe hacia dónde puede disparar. La misma oposición tiene que ser capaz de comprender que los mecanismos que tan eficientemente han usado para obstaculizar el progreso de las leyes que objetan, puede ser utilizado con igual eficiencia para obstaculizar el progreso de las leyes que apoyan. Cuestiones como la necesidad de contar con la presencia de dos terceras partes de la Asamblea Legislativa para completar el quórum que permita sesionar, necesitan ser modificadas.
Es famosa la frase de Shakespeare en que el Rey Ricardo III exclama: “¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”. Hay miles de personas clamando en estos momentos por un caballo de empresa privada que tire de la carreta de su sociedad. Personas atrapadas en sistemas autocráticos, en países donde la iniciativa privada se ha visto cercenada por el afán controlador del Estado. Después de décadas de dolorosa experiencia socialista, la humanidad ha comprendido que en ausencia de la empresa privada, lo único que puede repartirse es la pobreza. Por todo lo anterior, no he perdido la esperanza. Después de mi último acercamiento con el Partido Acción Ciudadana, espero que finalmente la oposición comprenda un hecho elemental: si los ocupantes de la carreta se ponen a pelear, hacen que se pierda el equilibrio y se vuelva muy difícil caminar. Sé que nunca lograremos un acuerdo absoluto, pero creo que ya vamos entendiendo que un mínimo acuerdo es ineludible. Y ese mínimo acuerdo es que a la empresa privada costarricense no sólo debemos soltarle el freno, sino que también debemos soltarle la rienda, por el bien de Costa Rica y por su futura prosperidad.