Alejandro Madrigal

Alejandro Madrigal

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Viernes 19 Enero, 2018

Un peligro llamado Fabricio Alvarado

Hasta en el evangelio de San Mateo está plasmado:“Pagad pues a César lo que es de César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mateo 22:21). Es decir, que los asuntos de gobiernos y asuntos de la fe van por separado y que los rigen normas y marcos distintos. Hoy parece que a muchas personas creyentes se les olvidó este principio tan básico de la fe cristiana. La fe no se puede usar como excusa para evadir las responsabilidades y deberes como ciudadanos. No existe un buen cristiano que sea un mal ciudadano, e irrespetar la normativa de nuestros países es ser un mal ciudadano. Ahora, estos preceptos rigen para personas que comparten dicha fe, las cuales no somos todos.

Lo que sí vale para todos son nuestra Constitución y leyes. El artículo 28 de la Constitución Política de Costa Rica no podría ser más claro: “No se podrá hacer en forma alguna propaganda política por clérigos o seglares invocando motivos de religión o valiéndose, como medio, de creencias religiosas”. La prohibición está también en el artículo 136 del Código Electoral: “Es prohibida toda forma de propaganda en la cual, valiéndose de las creencias religiosas del pueblo o invocando motivos de religión, se incite a la ciudadanía, en general, o a los ciudadanos, en particular, a que se adhieran o se separen de partidos o candidaturas determinadas”.

¿Por qué es importante hacer esta separación entre política y religión? Sobran motivos. Ambos artículos son una herencia incluso desde la Constitución de 1871. Es decir, hasta en el siglo XIX tenían más que claro en nuestro país que es peligroso y antidemocrático que se legisle o gobierne con sustento en normas y dogmas religiosos, en lugar de un marco constitutivo y normativo completamente laico. Pero hoy, Fabricio Alvarado, sus candidatos y su equipo se brincan esta conquista histórica y nos quieren hacer echar para atrás varios siglos, a cuando la iglesia gobernaba.

Es una lección de la historia que cuando se gobierna una nación utilizando el dogma religioso, se cometen numerosas injusticias y se irrespetan los derechos de muchos, porque se gobierna para unos, no para todos. Una lección que ha costado mucha sangre y muchos años aprender. Los textos religiosos se han usado para justificar las monarquías absolutas, porque el rey era enviado y designado por el mismo Dios (decían); o para justificar fenómenos como la esclavitud, la conquista de los europeos sobre los indígenas americanos, la persecución de judíos, la segregación racial, la superioridad del hombre y la marginación de la mujer. Porque siempre han sido hombres blancos interpretando los textos bíblicos a su antojo, fuera de contexto, con el afán de justificar por qué su cuota de poder desigual es justa. No podemos olvidar esa lección de la historia. Hoy se quiere hacer lo mismo: abusar de los textos bíblicos para justificar la discriminación, la marginación o de por qué las parejas del mismo sexo y las personas LGBT en general no merecen los mismos derechos que las personas heterosexuales. Es la historia repitiéndose otra vez. Un buen cristiano tiene la capacidad de distinguir a estos falsos líderes que buscan propagar odio y división, en lugar de amor, con su mensaje. Fabricio Alvarado es uno de ellos.

Ahora, aunque el mensaje del cristianismo fuera que las personas LGBT merecen menos derechos (cosa que estoy seguro no es así), eso no importa, porque, como enunciamos al inicio, los asuntos de gobierno y de la fe van por separado. Así como no se puede aludir a motivos religiosos para dejar de pagar impuestos, para agredir a una persona, para cometer cualquier injusticia de acuerdo con nuestra norma laica, NO SE PUEDEN aludir motivos religiosos para discriminar o negar derechos a algunas personas. Es por ello que no sacamos niños rebeldes y desobedientes a que los ancianos del pueblo los apedreen hasta morir, como enuncia Deuteronomio 21,18-21. Ni pensamos que durante 33 o 66 días las mujeres que acaban de parir deben pasar purificándose, tal y como dice el Levítico 12,2-8. Porque nuestras normas y leyes están basadas en derechos humanos, en convenciones y pactos sociales, esas grandes conquistas que han costado tanto lograr.

En otras palabras, no vivimos en una teocracia (donde la norma es un texto bíblico o religioso en el que no todas las personas creemos), sino que vivimos en una democracia (o al menos eso intentamos construir cada día), donde lo que nos rige es nuestra Constitución, nuestras leyes y el derecho internacional. Sí el derecho internacional también nos rige, de acuerdo con la misma Constitución Política en su artículo 7: “Los tratados públicos, los convenios internacionales y los concordatos, debidamente aprobados por la Asamblea Legislativa, tendrán desde su promulgación o desde el día que ellos designen, autoridad superior a las leyes”.

En palabras muy sencillas, desde el momento que la Asamblea Legislativa aprobó la Convención Americana de los Derechos Humanos en 1969, es como si la hubiéramos convertido en Ley de la República. Adoptamos incluirla dentro de nuestro marco normativo laico (no dogmático) y aceptamos y adoptamos también que la Corte Interamericana de Derechos Humanos tuviera la potestad de interpretarla y de dictar sentencias u opiniones sobre si los países firmantes la estamos cumpliendo o no. Dichas sentencias u opiniones son vinculantes, porque firmamos cumplir con esa Convención. Si queda a discreción de cada país si cumple o no con ella, la Convención se convierte en un saludo a la bandera, no sería un garante de derechos esenciales para vivir en paz, libertad, igualdad y democracia.

Para todas aquellas personas que están preocupadas, indignadas o enojadas con la aprobación del matrimonio igualitario en Costa Rica, les trataré de reconfortar: sus derechos no han cambiado, ni han disminuido, ni se han negado. Sus derechos permanecen intactos. Lo que cambió fue que ahora, cientos de miles de personas tendrán los mismos derechos (y también responsabilidades que eso implica), eso se traduce en un país más justo, más moderno y con más paz social. Porque ahora la vida será menos injusta para personas que podrían ser su hermano, tía, madre, abuelo, hija, nieto, vecina o usted mismo. Porque ningún buen cristiano, ni buen ciudadano podría querer el mal para con quienes convive; ni podría defender que unos tengan derechos que otros no. ¿No les parece coincidencia que muchos de los países con mayor progreso social y desarrollo son los primeros en haber aprobado el matrimonio igualitario?

Y si todo esto no ha sido suficiente para demeritar la candidatura de don Fabricio Alvarado, quien ha hecho de este tema su única bandera y parece que no tiene una sola propuesta más, añado lo siguiente: aunque don Fabricio nos saque del sistema Interamericano de Derechos Humanos, no sería una acción retroactiva e igual estaríamos en obligación de acatar todo lo emanado por la Corte antes de salir del sistema. Sin mencionar que seríamos una vergüenza internacional, como un país que irrespeta los derechos humanos (de todo tipo, no solo los derechos LGBT), con una acción propia de regímenes dictatoriales, que ni don Juan Diego Castro haría. Y como cereza en el pastel, les invito a que revisen el plan de gobierno de don Fabricio y se den cuenta de la cantidad de vacíos, deficiencias y propuestas absurdas que encontrarán. No se concreta cómo ejecutar un sinnúmero de propuestas; habla de solicitar recursos internacionales con la situación actual de las finanzas del Estado; como propuesta ante el problema de delincuencia habla de penas más altas en lugar de hablar de empleo, educación e inclusión social; culpa a las personas migrantes de los problemas del Seguro Social (lo cual, viendo los datos, sabemos que es un mentira demagógica); ordena eliminar la ideología de género (cosa que no existe); además de querer derogar la fecundación in vitro, de nuevo brincándose el derecho internacional que soberanamente hemos acogido y exponiendo al Estado a seguir pagando demandas millonarias. Si aún con todos estos motivos usted sigue apoyando a un peligro como Fabricio Alvarado, lamento informarle que usted no es ni buen cristiano ni mucho menos, buen ciudadano.