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Martes 24 Marzo, 2009

Un mundo absurdo

El ser humano desde su aparición en la tierra (recordemos aquí a Caín y a Abel), no ha abandonado el garrote que en algún momento tomó en sus manos; para defenderse de las fieras, o para quitarle una presa a su compañero de caza; más bien ha ido perfeccionando día con día esa arma primitiva, que hoy se presenta en miles de temibles modalidades, con capacidad para matar con precisión quirúrgica.
Aquel garrote, evolucionado hoy en sofisticadas y letales armas, tiene un doloroso objetivo, ya no la cacería o la pelea individual por el alimento, tiene como fin primordial matar hombres, mujeres y niños, a menudo, masivamente (genocidios). Este comportamiento irracional es la manera más sanguinaria de la denominada por algunos, como la última instancia de la “política exterior”, y se ha convertido además en la herramienta de fratricidas guerras civiles que no cesan en nuestros días.
Las cifras son alarmantes. Solo en 2007 el gasto mundial en la compra de armamento militar creció en un 6% hasta alcanzar los $1,4 billones, esto, según el informe anual del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI). Con pesar podemos afirmar que esa cifra fue igual al 2,5% del Producto Interno Bruto (PIB) mundial y duplicó el gasto en armas que se realizó en 1998, solo una década antes.
Tristemente hoy en nuestro verde planeta, 1.400 millones de seres humanos sobreviven y se mal alimentan con tan solo $1 diario; viven en tugurios o chabolas, mientras las 100 más grandes empresas productoras de armas, se embolsan $315 mil millones anualmente.
Paradójicamente también, los países más desarrollados y “civilizados” y sus gobernantes, se llenan la boca hablando de Derechos Humanos, juzgan y certifican a los demás por su incumplimiento, mientras apoyan afanosamente a sus propias, modernas y criminales industrias de la producción de armas, e incluso, las han llegado a convertir en importantes motores de su desarrollo.
Los líderes del mundo civilizado, las potencias económicas modernas, encabezan la lista de los países que más fondos destinan al consumo, a la investigación, desarrollo y producción de armamento y tras ellos hay una larga lista de países ricos, pobres y muy pobres que hacen lo mismo y participan en ese deleznable e inmoral festín.
Dolorosamente, pareciera que el hombre es incapaz de entenderse con el hombre, da la impresión de que la negociación o el diálogo sobre la mesa no funcionan y que prevalece el deseo de la imposición, dejando el camino abierto únicamente al duelo fratricida y a la solución de los conflictos, por medio del derramamiento de sangre de involucrados e inocentes.
Sin embargo, hay un atisbo de esperanza, algunos países pequeños, muy pocos por cierto, han tomado un camino más civilizado, el más humano y se han despojado voluntariamente de sus armas a favor del diálogo y del entendimiento; y en ese sentido, Costa Rica ha venido proponiéndole al mundo que los programas de cooperación dirigidos hacia los países en desarrollo, premien también a aquellos Estados que otorguen mayor asignación de sus recursos al desarrollo humano, así como menor cuota en gastos para armamentismo y actividades militares.
Lo absurdo de todo esto y que desgraciadamente sigue sucediendo, es que, por un lado, los gobiernos de los países más poderosos y dizque civilizados, dedican millones de horas en estudios e investigaciones y mal gastan millones de dólares en tecnologías para desarrollar armas cada vez más mortíferas, cuyo único propósito es matar a seres humanos. Del otro lado, escasean los fondos para la cooperación internacional, disminuye la ayuda para alimentar a los hambrientos del mundo, se reducen los recursos para ayudar a salir de su dolorosa realidad millones de miserables, habitantes de los países en desarrollo y de los llamados Estados fallidos. ¿Cuando llegará el ansiado día en que nosotros, los habitantes de este bello mundo, apostemos por la vida y no por la estupidez y la muerte?

Johnny Sáurez Sandí