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Un equipo, una identidad

Los equipos surgen a partir de ideales y conductas que son comunes entre sus miembros; sin embargo, para que estas sean duraderas, deben originarse en los valores, las raíces más profundas que determinan la cultura de toda organización.
Los valores son como un “pegamento”, un factor de cohesión, porque en los momentos difíciles, en situaciones de crisis, todos se apegan a ellos, por lo que la conciencia de cada uno siempre estará serena; si la unión del equipo se sostiene en otras razones menos relevantes, esta será frágil y temporal. También son un “fundamento”, porque todas las acciones del equipo nacen allí y hay aceptación colectiva de su relevancia; por lo tanto, no habrá dudas acerca de lo que es correcto o incorrecto. Ante la incertidumbre, bastará recordar y actuar conforme a estas bases y las conductas serán consistentes.
Los valores son “reglas de oro”, originan las normas de comportamiento y aclaran las expectativas que tienen todos los miembros de un grupo.
Al definirse una identidad con base en estos principios, cualquiera de los participantes en el pacto podrá pedir cuentas a sus colegas por su cumplimiento. Si en verdad los valores son compartidos y vividos, serán como una “brújula” que marcará el destino deseado: hacer realidad las metas y la visión. Cuánto más alto el objetivo, más intenso debe ser el respeto al contrato de valores.
Lo semejante atrae lo semejante; si los miembros del equipo se aferran a los valores, los nuevos miembros que se incorporen sentirán la fuerza de un “imán” que les dice: ¿Estás o no con nosotros? Entonces, no cabe la duda de quiénes son miembros del equipo y quiénes se excluyen a sí mismos.
Esta sólida identidad marca una diferencia crucial entre grupos de individuos que apenas se unen por intereses superficiales y pasajeros, por una parte, y equipos que están a prueba de dificultades o influencias externas, por otra.
Ahora bien, la mera definición de los valores no cambia ni influye mucho la condición de un equipo. El complemento ha de ser un conjunto de conductas visibles y verificables para cada principio, así todos sabrán comportarse de modo coherente, constante y natural.
El equipo, eso sí, debe tener claridad sobre las implicaciones de cumplir o no este código interno que establece derechos iguales para todos y cero privilegios para algunos. La corrección sin consecuencias de desviaciones de conductas es el preámbulo para el fracaso.
Los equipos orientados por valores hacen lo “correcto correctamente” y por eso van a paso seguro hacia el logro de sus ideales y objetivos.
En ellos, se cumple aquello de que “todos para uno y uno para todos”.

German Retana
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