Nuria Marín

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Lunes 9 Agosto, 2010


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Turquía, con un pie en dos continentes

En la bella ciudad de Estambul, antigua Constantinopla, centro del Imperio Bizantino, existen dos puentes intercontinentales sobre el Bósforo que conectan a Europa y Asia. Se trata de verdaderos iconos del encuentro entre Occidente y Oriente, y revelan en su verdadera magnitud el valor geoestratégico de Turquía.
Turquía da pasos de gigante por obtener un mayor protagonismo acorde y en consonancia con su historia. Miembro fundador de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), pertenece también a la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) y al Grupo de los 20, este último central en el tema de la actual crisis financiera global.
Durante la Guerra Fría fue un bastión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en la contención a la antigua Unión Soviética y aliado estratégico en Oriente Medio. Luego de la caída del Muro de Berlín ha fungido como legítimo mediador e importante contribuyente en tropas en conflictos como la primera Guerra del Golfo Pérsico, Somalia, la antigua Yugoslavia, el Líbano, Afganistán e Iraq.
Gracias a la visión de Mustafa Kemal Atartürk, su fundador y primer presidente, Turquía es una república secular desde 1923 con un fuerte acercamiento político y cultural a Occidente, toda una odisea de cara a las ancestrales raíces imperiales otomanas y a que una mayoría de su territorio se encuentra en el convulso Oriente Medio.
Recientemente el primer ministro turco Recep Tayip Erdogan manifestó que el apoyo incondicional de Turquía a sus aliados no podía darse por contado. Sus manifestaciones han generado algún grado de ansiedad.
Hay preocupación ante la posible desazón de los turcos quienes han visto pospuestas sus aspiraciones de ser aceptados como miembros plenos de la Unión Europea, tema que además se vislumbra como difícil. Entre otros, por el impacto político, social y cultural que significaría la incorporación de 70 millones de turcos, un 90% de los cuales es musulmán, en una UE de 500 millones de habitantes.
Los vientos de cambio son evidentes, como lo muestran numerosas negociaciones comerciales con países de Asia, el levantamiento del requisito de visa, la apertura de 30 nuevas embajadas en Africa y América Latina, y su papel de mediación entre chiitas y sunitas en Iraq.
Desde hace unos años la firma Goldman Sachs incluía a Turquía dentro de la lista, “The Next Eleven”. Un grupo de países que sin ser los BRIC (Brasil, Rusia, India, China, países emergentes de exponencial crecimiento), tendrían un marcado protagonismo que equipararía o superaría a algunos países del G-6.
Las razones para ello: sus patrones de consumo de energía y emisión de carbono, creciente urbanización, atractiva necesidad de inversión en infraestructura, mejoras en la expectativa de vida y crecimiento en el uso de la tecnología.
El giro de Turquía, sin embargo, no debe ser interpretado como un distanciamiento de Occidente sino como un pequeño giro de realismo hacia Oriente ante las menores perspectivas de crecimiento en Europa y Estados Unidos que contrastan con las mayores oportunidades y dinamismo de las economías asiáticas.

Nuria Marín