“The Grand Budapest Hotel”: divertida, original, kitsch
El realizador Wes Anderson regala al espectador otra película divertida, con una estética tan cuidada como es habitual en el estadounidense. Internet / La República
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CINE CRÍTICA

“The Grand Budapest Hotel”: divertida, original, kitsch

Wes Anderson es uno de los realizadores más personales del panorama cinematográfico actual y con “The Grand Budapest Hotel” regala al espectador otra película divertida, imaginativa, original y tremendamente kitsch, con una estética tan cuidada como es habitual en el estadounidense.
Un hotel rosa chicle, como recién salido de un horno de pastelero, es el protagonista de esta historia, inspirada aunque no lo parezca en relatos de Stefan Zweig, cuyo estilo difícilmente se puede calificar de divertido.
Pero aunque parezca imposible, Anderson ha captado el espíritu de Zweig y sus personajes que parecen vivir en un universo paralelo mientras el mundo cambia vertiginosamente a su alrededor.
Y lo hace con su estilo cercano al cómic, que en “The Grand Budapest Hotel” exagera aún más, jugando con colores infantiles que dan a la historia un toque de inocencia que contribuye a dar solidez a la narración.
Ralph Fiennes está perfecto como Gustave, el director de un hotel decimonónico en un país ficticio, Zubrowka, en los últimos años del imperio austrohúngaro. Un tipo que vive con elegancia y muy por encima de sus posibilidades, aprovechándose sin maldad de toda mujer mayor y adinerada que pasa por el hotel.
Un de ellas es la fantástica Tilda Swinton, que al morir le deja un cuadro en herencia que le traerá bastantes complicaciones.
Junto a Fiennes, un descubrimiento, el joven Tony Revolori, que interpreta a Zero, un botones del hotel y que es el contrapunto perfecto al engolado Gustave.

Madrid / EFE

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