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Parece que las respuestas no han llegado tan claras y contundentes como deberían para aplacar la batahola provocada por los nuevos billetes de ¢10 mil

Suspicacia y alboroto

La puesta en circulación a finales del mes pasado de los nuevos billetes de ¢10 mil, alborotó el avispero político —especialmente en el gran panal desde donde ejerce el poder la Asamblea Legislativa— que exige respuestas a ciertas dudas causantes de alerta y por lo cual muchos preparan sus aguijones.
Lo que ocurre es que las respuestas no han llegado tan claras y contundentes como aparentemente deberían ser para aplacar la batahola.
Esto por cuanto parece que las dudas fundamentales son dos:
1- Reconociendo todo el mérito que tiene José Figueres Ferrer, ¿por qué se excluyen —en este homenaje a líderes a los que mucho les debe también este país— las figuras de Rafael Angel Calderón Guardia, monseñor Sanabria y Manuel Mora, artífices de la paz social que disfrutamos?
2- Lo segundo tiene que ver con el momento en que se decide poner en circulación los billetes, algo que inicialmente estuvo planeado para noviembre de 2011. Especialmente si se toma en cuenta que los billetes son de color verdiblanco y se acompañan con una amplia campaña publicitaria en la que aparece la imagen de José Figueres Ferrer en su juventud.
Todo lo anterior en momentos en que se abre con fuerza la campaña político electoral en el país, empezando su habitual revuelo de las “avispas” donde no faltan, cual pan de cada día, los aguijones prestos a clavarse en el adversario.
Un lamentable panorama político en general, por cierto, ante una población deseosa de otro tipo de mensajes en donde se exponga visiblemente, sin subterfugios ni desviaciones, lo esencial: programas de gobierno que indiquen claramente cuál es la propuesta, con cuáles recursos y controles se llevarían a cabo los planes y de qué modo se piensa garantizar la transparencia.
Los costarricenses de hoy están muy interesados en saber cómo se les devolverá su derecho a la seguridad social, a la buena educación, a la adecuada infraestructura, a ciudades seguras y sin caos, a las cuales están acostumbrados y de lo cual no quieren tener un retroceso.
Por ello, no parecen dispuestos a soportar una nueva campaña electorera, vacía en proyecto país y abundante en estrategias de otro tipo, espurias y tendientes solo a incitar gente a dar un voto para tal o cual partido.
Esta desconfianza del electorado actual tiene el mismo origen que la crisis de gobernabilidad. Se debe, en buena medida a la falta de confianza de los habitantes en la clase política en general.
Ese es el primer reto de los partidos políticos de hoy, que deberían cuidarse bastante de caer nuevamente en las campañas vacías, por mucha experiencia que acumulen las maquinarias electoreras en que se han convertido.

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