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Supervisión debe ser fuerte


Se vienen planteando en estos días acciones que flexibilicen la supervisión de las entidades financieras o se establezcan supervisiones diferenciadas, todo con el afán de que no se dé una crisis en el sistema por falta de pagos, que vendrían aparejados por la desaceleración económica y el aumento de los tipos de interés.
Ante esto cabe destacar que los intermediarios financieros, como bancos y sociedades financieras, trabajan básicamente con recursos ajenos. Así, hay un legítimo interés público en la supervisión prudencial de las actividades de todo intermediario, pues malas inversiones o malas prácticas administrativas, pueden poner en peligro no solo su capital social, sino los recursos que confiaron terceros.
El capital de un banco tiene dos funciones fundamentales. La primera es la de servir de colchón ante posibles pérdidas en los préstamos, inversiones y demás activos del intermediario.
La otra función es asegurarse que la entidad tiene propietarios que velan por el buen manejo de ella. A los dueños les corresponde, por ejemplo, seleccionar a los administradores, conocer y aprobar las políticas de inversión y de selección de clientes, concesión de crédito y cobranza. Para que las funciones del capital se den a plenitud este debe ser alto y el número de dueños relativamente bajo.
Como cualquier empresa económica, la banca está expuesta a pérdidas potenciales, que se pueden materializar por mala suerte o por malas prácticas. La supervisión prudencial se propone minimizar los efectos adversos que sobre terceros tienen los malos manejos.
Nuestra banca estatal tiene varias características que, según se vean, constituyen defectos de diseño. Por un lado, la propiedad de la banca está muy diluida con lo que el ciudadano promedio, que es el dueño, no ejerce ningún control ni influencia sobre las operaciones de aquella. Quienes realmente toman las decisiones son las juntas directivas y los gerentes, cuyo nombramiento no siempre obedece a capacidad técnica y tampoco son dueños del capital.
En los bancos públicos, entonces, el control de los propietarios no existe y, por ello, debería ser sustituido por una supervisón muy fuerte.
El recordado escándalo del Banco Anglo, ilustra cómo, en ausencia de dueños verdaderos y en presencia de una dirección superior demasiado osada, ingenua y quizá hasta malintencionada, los costarricenses hemos de pagar los platos rotos. El tema de la supervisión ciertamente no debería ser tratado a la ligera.


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