Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

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Lunes 17 Abril, 2017

Siria, violencia y conversión

Esta Semana Santa la vivimos atormentados por las imágenes de los niños envenenados con los gases con que su propio gobierno los bombardeó en Siria.
Las imágenes de la brutal violencia humana nos llegan de todas direcciones. De Nigeria las atrocidades de Boko Haram; de Sudán del Sur la barbarie de una lucha tribal y política que viola niñas, recluta para sus ejércitos niños y destruye poblaciones enteras; de Yemen el dolor del enfrentamiento que allí perpetran Arabia Saudita e Irán; en Irak continúa la guerra; el terrorismo sigue rampante y ahora mata inocentes peatones en las calles de Estocolmo y sacrifica cristianos coptos mientras oran en sus iglesias en Egipto.
En la pacífica Costa Rica ya no es novedad descubrir cadáveres de personas asesinadas —a menudo con saña— víctimas de las luchas entre pandillas de delincuentes, que también matan a personas inocentes, y la delincuencia común ha perdido el respeto por la vida humana.
Casi XXI siglos han transcurrido desde que Jesús nos trajo su mensaje de amor y nos mandó amar hasta a nuestros enemigos. La lectura de La Pasión del evangelio de San Mateo este pasado Domingo de Ramos nos enfrenta con la increíble historia de amor de Jesús que nos redime, y de nosotros que lo rechazamos.
Ante la cruel violencia humana, la Pasión de Cristo, su voluntario sacrificio para demostrarnos su amor y redimirnos, nos muestra —al igual que toda la vida de Jesús— cómo la bondad y el bien infinitos de Dios se abajan —por voluntad del Creador— para convivir con nuestras limitaciones, flaquezas y pecados. De esta manera el Señor Jesús nos rescata de nuestros errores y bajezas, y nos demuestra que podemos tener fe y confianza en Su amor para superar nuestra humana condición.
La narración del establecimiento de la Sagrada Eucaristía y también la del juicio, tortura y crucifixión de Jesús nos la presenta el evangelista entrelazada con las historias de la traición de sus apóstoles, del abandono de sus seguidores, del odio de los sacerdotes, de los insultos del pueblo, del escarnio y las torturas causadas por los empleados de los sacerdotes y por los soldados romanos, del miedo culpable del gobernador romano, de las burlas de uno de los ladrones crucificados con Él.
A lo largo de la pasión y crucifixión de Cristo, a lo largo de todo este doloroso sacrificio en que Jesús nos regala de Su vida por amor a nosotros, nosotros, representados por todos esos personajes, rechazamos con maldad su amor. Pero Jesús no desfallece, no se arrepiente, no abandona su camino de dolor. Más bien abraza los azotes y los insultos, las traiciones y las burlas, se aferra a la cruz, perdona a sus verdugos, nos perdona a nosotros.
La única y verdadera solución a la crueldad humana es la conversión al mensaje del amor. En cada uno de nosotros está convertirnos, trocar odios, resentimientos y envidias en amor a los demás. Si inundamos el mundo de amor y somos pacientes y perseverantes difundiremos el amor. Quien se siente amado, aprende a amar.