Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Jueves 15 Octubre, 2015

La reflexión de don Albino termina con una admisión que a mi juicio debería ser el inicio de un ejercicio más profundo

Hablando Claro
Sin odio, pero de verdad

No creo que nuestro problema sea la polarización. Muchas sociedades democráticas viven igualmente en la polarización ideológica y aunque están atravesando también procesos de acomodo y redefinición, no en todas es la desconfianza y la descalificación del otro la que impera.
Nuestra enorme dificultad para avanzar con cambios y acuerdos políticos sustantivos no estriba en que tengamos formas distintas de pensar, sino que cada quien en su metro cuadrado de rigidez, en vez de defender sus puntos de vista con argumentos, se dedica a señalar los desviados propósitos que supuestamente animan a quienes no piensan igual y así no hay forma de llegar a acuerdos puntuales. Así es como hemos hecho del veto ad portas la moneda de curso que nos tiene entrabados.
Hice el ejercicio de leer y releer al secretario general de ANEP, don Albino Vargas, en su columna del colega digital La Prensa Libre y no logré comprender cómo aspira a sembrar paz animando el linchamiento.
En “¡¡¡No al odio!!!” don Albino —por mucho el más longevo de los liderazgos sindicales en el ejercicio activo de sus tareas— empieza bien su llamado para no dar paso al odio, pero se descarrila pronto en su propósito. De acuerdo con su tesis, existe una “brutal campaña de agresión psicológica y de terrorismo ideológico” contra el empleo público nunca antes vista.
A su juicio, esa campaña es alimentada por la “iracundia de la irracionalidad” por quienes descienden “por el abismo de la miseria espiritual” condición que ostentan porque están puestos “al servicio de los pequeños grupos con acceso a la riqueza mal concentrada, mal o bien habida” y que son “el verdadero patrono de los agentes del odio”.
Y ya entrados en el descalificativo total, don Albino afirma que “algunos” son “sicarios político-ideológicos” al servicio de los rostros opaces y de las caras ocultas de quienes deberían realmente estar “al frente en el escenario de la confrontación social abierta”, es decir, peleles reducidos a esa mísera condición que “vomitan odio en contra de sus iguales de clase”. Y mejor no sigo…
Lo que sí quiero concluir es que la reflexión de don Albino termina con una admisión que a mi juicio debería ser el inicio de un ejercicio más profundo que yo esperaría de su experimentado liderazgo: reconoce que hay conciencias sanas en el país que están siendo permeadas por esas ideas (de revisar el sector público) y aunque estima que ello ocurre por alguna especie de limitación de las entendederas de esas personas bien intencionadas, lo cierto es que advierte que algo está cambiando.
Creo que esto debería ser un buen comienzo para un ejercicio no solo de revisión del mensaje (y el lenguaje) sino de la gestión misma de la protesta sindical para hacerla más efectiva y acorde con los tiempos de desafío ciudadano que estamos viviendo.
El movimiento sindical no es el único que debe devolverse sobre sus pasos para no seguir abonando esta estéril confrontación que nos caracteriza. Pero sí es uno de los actores sustantivos del cambio. Ojalá estuviera a la altura de los tiempos. Así empezaríamos por algún lado.

Vilma Ibarra