Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 7 Enero, 2016

Demasiada torpeza queda expuesta en todos estos meses de tozudez y engolamiento, plenos de temor a los grupos de presión y de menosprecio hacia la negociación, pero flacos de habilidad política

De cal y de arena

Sin confianza, ¿cómo negociar?

El presidente Solís Rivera se aproxima al cenit de su mandato sumido en grande orfandad política, como nunca la ha sufrido gobernante alguno de nuestra reciente historia. Así lo confirman las encuestas de opinión pública. Aquel candidato que recibió en las elecciones de abril de 2014 el envidiable respaldo del 77,7% de los sufragios (1.338.3321 ciudadanos) tuvo “la virtud” de quemar su capital político y de dilapidar el factor fundamental —la confianza— para forjar las alianzas con otros sectores del arco social nacional, partidos incluidos, con las cuales emprender los cambios a que se comprometió y para los que ni su partido Acción Ciudadana puede aportarle desde el Congreso un respaldo suficientemente fuerte y valedero (menos padeciendo las crisis internas que le desgarran y respecto a las cuales el mismo don Luis Guillermo ha lucido impotente para servir de conciliador). Como Hernán Cortés, nuestro Presidente quemó las naves tempranamente con la designación de ministros y rectores del sector descentralizado ayunos de habilidad política y de experiencia en la gestión pública (lo que no sería tan grave si hubiesen sabido buscar el consejo de los duchos), ignaros de las herramientas a las que hay que echar mano cuando se trata de convivir en un escenario de minorías parlamentarias, en el seno de un partido reducido a una modesta dimensión y en circunstancias que exigen la prudencia en el trato con el adversario visto el interés y la necesidad de construir consensos. Ante carencia así que tanto lastran la acción de gobierno, el presidente Solís ha puesto oídos sordos: no ha accedido a reorganizar a fondo su gabinete y solo ha hecho cambios cosméticos. Impasible él ante una fallida hoja de ruta de sus colaboradores, contradictorios entre sí, estériles en resultados a 18 meses de gestión, su inercia le ha pasado cara factura: algo así como la destrucción del puente que conecta la isla con tierra firme. Elocuente a este efecto es el chapucero manejo dado a las quebradas finanzas públicas como lo admite, ahora sí y con el agua al cuello, el Ministro de Hacienda, quien echa mano del brazo de unos inoportunos cirineos del BID y del Banco Mundial para gritar al cielo en procura de ayuda con la cual salir del pantano. Demasiada torpeza queda expuesta en todos estos meses de tozudez y engolamiento, plenos de temor a los grupos de presión y de menosprecio hacia la negociación, pero flacos de habilidad política, que le han significado la pérdida de confianza de los otros actores políticos llamados a ser parte de la solución. Las palabras del Prof. Luis Guillermo Solís en 2006 —“Yo no veo en las acciones emprendidas por el Poder Ejecutivo que el gobierno se esté moviendo en una dirección satisfactoria, clara ni contundente con respecto a las propias expectativas generadas durante la campaña”— inducen a reflexionar sobre el por qué de esta mutación. El 2016, ¿será otro año con el mismo zigzagueo?

Álvaro Madrigal