Mishelle Mitchell Bernard

Mishelle Mitchell Bernard

Enviar
Jueves 20 Abril, 2017

Sexo consentido

Ninguna relación sexual de un adulto con un niño o una niña debe ser tolerada. Ningún matrimonio de una niña o un niño con un adulto debe ser autorizado.

Que el verbo en modo imperativo de este artículo sirva para reafirmar lo que la voz de las víctimas no pueden expresar: No hay sexo consentido, no hay amor cuando un adulto, ejerciendo poder y manipulación sobre circunstancias sociales, afectivas, emocionales y materiales entabla una relación con un niño, una niña o un adolescente.
Producto de convenciones sociales y culturales en muchas latitudes, incluida en Costa Rica, millones de niñas son entregadas a adultos para “formar un hogar”. A nivel mundial, una de cada diez niñas es víctima de una relación de abuso y violencia sexual antes de cumplir los 15 años.
La necesidad económica de una familia, jamás debe ser el acicate para entregar en nupcias a un menor de edad, porque al hacerlo, nos convertimos en cómplices de una violación.
No es normal ni aceptable que una niña de 11, 13 o más esté con un hombre de 19, 20, 40 o más años. Tampoco es normal que un niño ni un adolescente, cuya identidad y cuerpo está en formación, convivan como pareja con una mujer mucho mayor. Pero las cifras son alarmantes, una de cada cuatro niñas en el mundo será víctima de matrimonio infantil, según Naciones Unidas.
Tan deplorable es la embestida sexual de un viejo sobre una niña, como lo es el precoz placer con el que una “amante madura” instrumentaliza y secuestra la voluntad de un niño o un adolescente. En ambos casos media el ejercicio del poder y en ambos casos, hay una relación de desequilibrada desigualdad (perdón la redundancia) en detrimento del menor.
En esta categoría también caen las primitivas e inexplicablemente aceptadas prácticas de iniciación sexual temprana de niños. No solo se están marcando profundas cicatrices en estos niños, también se está deformando su noción de masculinidad.
Que el machismo no nuble nuestro entendimiento y de una buena vez por todas llamemos las cosas por su nombre. Esos son casos de violación, cohonestados por familias, disimulados por las comunidades, disfrazados por la sociedad. Las víctimas son niñas, son niños y son adolescentes. Y la muerte no debe ser el campanazo que nos haga reaccionar.
En una relación de abuso como las descritas, las víctimas conviven ayunas de herramientas, supeditadas a la voluntad y las posibilidades de su abusador. A las cosas por su nombre. No hay sexo consentido y no hay amor cuando se trata de un adulto y un menor.

La autora es Directora Regional de Comunicaciones para World Vision en Latinoamérica