Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 25 Enero, 2010


Ser un porfiado


Un buen amigo dura para toda la vida. En todo caso dura más que la pareja. O bueno: si uno logra la difícil hazaña de hacerse amigo de la ex pareja, la relación podría durar toda la vida. Pero es raro.
Romper con la pareja, con un amigo o incluso con un compañero de trabajo o un conocido es doloroso, incómodo, molesto. Lamentablemente a veces no queda otra opción: así como uno no debe lacerar la dignidad de nadie no debe permitir que pisoteen la suya.
Mis dignas amigas tienen formas diferentes de relacionarse con los que dejan de ser sus afectos. Entre ellas, tres ejemplos.
Una es camotera: ama a alguien con fanatismo hasta que descubre en él defectos imperdonables, y pasa al odio jarocho. Con el tiempo se reconcilia con el sujeto en cuestión ofreciéndole un afecto menor.
Otra es controlada: cuando se resiente con alguno de sus afectos decide —como dicen los españoles— no romper la baraja, siempre por diversas y complejas razones. Sigue manteniendo una relación, ante la vista de los demás prácticamente igual, pero en su interior diferente.
Una tercera es implacable: leal e incondicional, si alguien no responde a su absoluta entrega afectiva corta con él para siempre. Como si el personaje que alguna vez fue querido hubiese muerto, ella lo hace desaparecer de sus recuerdos.
Los amores y desamores y sus consecuencias, cuando son motivados por las emociones, transcurren en la vida cotidiana, normal, real. Las pasiones provocadas bajo el influjo del poder funcionan bajo otras reglas.
Para empezar aquí (y en todo el mundo), ahora (y desde hace décadas) el dinero es el poder: el que lo tenga en cantidades obscenas puede mover cualquier cosa.
Los que tienen el poder económico no suelen querer el poder político: les basta con manejarlo sin ponerse en evidencia.
Los que ponen la cara y ostentan importantes puestos públicos, casi siempre desean ser los dueños del dinero: ser en verdad poderosos. Algunos políticos han hecho cualquier cosa para ser tan ricos como los que más poseen. Cualquier cosa. Incluso por eso están a punto de ser encarcelados.
Y es que, claro, como dice el refrán “el que paga la orquesta manda el baile”. Y aunque uno organice la fiesta tiene que hacerle caso al que puso la plata.
En el mundo de la política la dignidad es muy cara, un lujo que solo pueden darse los millonarios. Quienes deseen conservarla y no tengan los recursos económicos suficientes, deben irse ante el primer amago de malacrianza por parte de sus superiores. O bien seguir jugando con —o bajo— los poderosos, bajando la cabeza y olvidando los malos ratos.

Todas estas reflexiones surgieron en mí ante un hecho concreto. Admiré a un personaje político que —según mi percepción personal— hizo una muy buena labor al frente de un importante Ministerio. Por razones más que válidas —y asumiendo una posición valiente— se peleó con el poder y renunció. Poco después se lanzó como precandidato en contra de la ungida por el presidente. Evidentemente —y con razón— seguía estando peleado con quienes lo habían echado, pedido la renuncia, descartado. Perdió las primarias como era evidente para todos excepto —tal vez— para él. Ahora participa activamente en debates representando a la candidata oficialista y pretende explicar las razones de sus idas y venidas. Yo no lo entiendo.
Para estar en el mundo de la política hay que ser un porfiado: me pegan y me levanto, una, dos, tres, cuarenta veces. Y siempre tengo una justificación.

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