Andrei Cambronero

Andrei Cambronero

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Jueves 14 Diciembre, 2017

Ser un tipo de tal tipo

Quizás era demasiado obvio y me frustró un poco el no haberlo visto antes; tal vez los conceptos más básicos —por su simpleza—- se ocultan tras la incredulidad que despierta la sensación de “no puede ser tan sencillo”; independientemente de ello, fue ya bastante entrada mi formación cuando escuché uno de los grandes “eureka” y quise compartirlo, tanto que, sin dudarlo, quienes me escuchan o leen estarán hastiados de la cantilena: “las clasificaciones no son verdaderas ni falsas; únicamente, son útiles o inútiles”.

Normalmente, actuamos como si la disposición del sujeto, objeto o abstracción en categorías fuera un asunto de verosimilitud; nos frustramos y enojamos cuando alguien no hace la misma separación de cosas que nosotros. Es fácil admitir que cada quien organiza su guardarropa como le viene en gana, mas es duro aceptar que poco importa si una persona se puede considerar “buena” o “mala” cuando se debe elegir, entre varios profesionales de distintas ramas, quién es el idóneo para extraer el apéndice (sea bondadoso o un gran patán, siempre el médico será la mejor opción para tales fines, si se compara con un arquitecto).



Los seres humanos podemos ser clasificados de miles formas: dadivosos vs. mezquinos, optimistas frente a pesimistas, religiosos o ateos, amargados o jubilosos… Vale decir, también, que tales etiquetas no son, en modo alguno, excluyentes entre sí: se puede ser un avaro religioso que, además, anda por ahí sonriéndole a la vida (quién dijo que había que ser consecuente).

La adscripción social a esos estratos es compleja: el sujeto modula su comportamiento para ser percibido por los otros como, por ejemplo, un trabajador emulable y, en simultáneo, las personas del entorno hacen —con sus comentarios y reacciones— el entramado de condicionamientos para producir tal o cual “tipo” de seres humanos.

Surgen los arquetipos. Las nociones intersubjetivas cristalizan en una suerte de espacios conceptuales a los cuales solo se invita a quienes cumplan, si bien no todas, algunas características (las consideradas principales). No podrá ser ciudadano del país de los estudiosos quien, de forma fraudulenta, aprobó exámenes o aquel cuyo título fue emitido hace varias décadas pero nunca más actualizó sus conocimientos. Esas construcciones, que en mucho descansan en expectativas sobre el ________ (introduzca un sustantivo como “jefe”) ideal, constituyen —como se sugirió líneas atrás— la hoja de ruta.

Para seguir en el camino a la idea central de hoy, enfoquémonos en dos clases de seres humanos: en una mano quienes a fuerza de contexto, aditamentos y espectáculo (digamos su performance) captan la atención; y, en la otra extremidad, ubicamos a individuos cuya autenticidad, parsimonia y actitud reflexiva detienen el tiempo a su alrededor; su paso entre otros, de manera casi mística, acapara miradas e impone un silencio para no perder detalle de quien por ahí deambula o habla.

El primer grupo suele tener una propensión al uso de marcadores sociales de posición específicos: ciertos aditamentos en el vestir, algunas marcas específicas de ropa, vehículos con algunas vistosas “extras”, entre otros. Igualmente, en sus maneras no puede faltar la grandilocuencia, dan grandes voces cuando encuentran a un conocido en algún centro comercial y, con puntualidad inglesa, toman cotidianamente el té con el drama.

En un estadio antagónico, tenemos a los abanderados de una existencia frugal, quienes —dueños de sí— saben, como se lo enseñaba Savater a Amador, que entre todos los saberes posibles hay uno imprescindible: conocer lo que conviene y lo que no. La autoestima y personalidad de estos sujetos transita por otro lado; la importancia no está, total y absolutamente, en el aplauso obtenido a punta de brillantina, sino, antes bien, en la tranquilidad de un sueño calmo por haber sido fiel a las propias convicciones.

Ese talante apacible acompaña y trasciende, despertando la incertidumbre que lleva a formular “¿cómo lo habrá logrado?” y nos encara con una actitud arcana, cuyos misterios nos parecen insondables.

No pareciera causal que la virtud para apaciguar el espíritu se corresponda con la senectud. En esa fase del transitar por el planeta, la persona suele cuestionarse acerca de si optimizó o no su tiempo; tampoco se tiene mayor reparo en soltar un “a mí qué me importa, total ya estoy viejo”. Con ello no quiero decir que tal capacidad solo se alcance con el blanquear de los cabellos y las honduras del rostro; en concreto, quiero señalar que resulta trabajoso y es necesario un aliento especial para saber qué se quiere.

Dejándome tentar por los elementos del intimismo, he de confesar que creo tener certeza acerca del tipo de tipo que quiero ser; no sé cuánto me demore en llegar, empero, me he aprestado a salir. ¿Sabe Ud. tras cuál (arque-)tipo corre?