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Domingo, 16 de diciembre de 2018



COLUMNISTAS


¿Ser amo? ¿Ser esclavo?

Andrei Cambronero [email protected] | Jueves 04 enero, 2018


¿Ser amo? ¿Ser esclavo?

Para este momento, ya iniciado el 2018, algunos se habrán reincorporado a las faenas que, por la pausa de fin y principio de año, habían dejado hace algunos días; otros, más bien, están en las postrimerías de unas vacaciones cuya fecha de expiración es —probablemente— el próximo lunes 8.

Quienes están deseosos de volver a laborar son los menos, pues siempre se necesitará un poco más de descanso o algún tiempo adicional para ciertas reparaciones en casa; sin embargo, con Voltaire, las personas suelen coincidir en que “el trabajo libera de tres grandes males: el vicio, la pobreza y el tedio”. Lo anterior supone, entonces, una paradoja: se califica el empleo como una bendición al tiempo que se quiere huir de él.

Una réplica a ello sería el señalar que, en efecto, es afortunado quien cuenta con una fuente regular de ingreso a cambio de llevar a cabo una determinada tarea, en tanto se aseguran los recursos para satisfacer necesidades, mas eso no supone que se disfrute de la actividad y, por ende, la fruición por llegar a la oficina. En ese escenario, no hay ninguna incongruencia: el laburo es un mal imprescindible.

Los deseos imperecederos de algunos por ganar la lotería o cualquier otro juego de azar refuerzan lo señalado; me atrevo a pensar que son pocos los que ante un jugoso premio no se vean tentados —en un primer momento— a espetar a sus jefes unas cuantas verdades, saltar sobre su escritorio y cerrar la puerta tras sí al tiempo que se jura no volver a pisar ese sitio. El volverse millonario de la noche al día resuelve el problema de la operación arroz y frijoles y dota del mazo para destruir el yugo.

En este punto, sobra decir que la relación laboral a la que se alude es la típica: un sujeto —subordinado a otro— currando por un salario; quien paga puede ser un ente más o menos abstracto (una corporación o el Estado) o un individuo específico (piénsese en pequeños negocios), ya que si se es el empresario o el jerarca no hay tal subordinación. De hecho, los actuales incentivos para el emprendedurismo aspiran a personas emancipadas de esos ligámenes de dependencia económica; en otros términos, el ideal está dirigido a que nos convirtamos todos en dueños o amos, según las nomenclaturas contemporánea y antigua.

No obstante, ese sentarse en el sillón a vivir de las rentas, lejos de ser el paraíso terrenal, puede llegar a deshumanizar. En el célebre pasaje de la dialéctica del amo y el esclavo, Hegel marca el origen de la Historia (relaciones sociales) en la disputa entre dos consciencias: puestos dos sujetos a desear que el otro respectivo le reconozca y se le someta, se enfrascan en una lucha cuyo desenlace será la esclavización de quien tema más a la muerte; así, uno cede para conservar la vida y deja de estar en un plano horizontal con su adversario, sea, se subordina. Esa forma de resolver el conflicto no satisface del todo al amo: quien le reconoce no es un igual; dicho de otro modo, es una victoria pírrica.

Y para más inri del vencedor, la trama no termina ahí. Quien es dueño está, según el citado filósofo, de alguna forma condenado al ocio y al goce, en tanto el trabajador lo está a generar riquezas para el primero; en ese proceso, el esclavo —de manera activa— incide sobre el mundo material, transformándolo y generando cultura. Esa dinámica, además, permite al sujeto —cuyas fuerzas modelan la materia— el concebirse como un protagonista, enterándose de su libertad y, finalmente, humanizándose.

La relación dialéctica entre ambos sujetos se evidencia en su interdependencia, aunque, contrario a lo que se podría pensar, el propietario está —en mayor medida— a merced del trabajo de su subalterno, del artífice de los cambios del mundo material.

Según lo expuesto y a partir del contexto actual, debe reconocerse que la aspiración a mejorar las propias condiciones e, incluso, el deseo por ser poseedor de los bienes de producción, no son cuestionables per se; el punto está en cómo se configura nuestra expectativa para convertirnos en amos. Si se está en la posición de privilegio es recomendable no olvidar la actividad: cuanto más pasivo se es, más dependientes nos volvemos de los otros y, por ende, más frágil es nuestra humanidad.

De otra parte, quienes nos enfilamos cotidianamente a los centros de trabajo recordemos que la capacidad creativa y la resistencia a lo rutinario está en nosotros mismos; lo que nos otorga la libertad no es una billetera abultada sino, antes bien, el potencial transformador de la consciencia.

Por ello, aunque sean las primeras madrugadas del año y hayamos perdido la costumbre de levantarnos temprano, no debemos adjurar de lo que, en buena medida, nos define como seres humanos.


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