Sensiblería descarada
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Sensiblería descarada

• Comedia para amantes de las mascotas, tiende trampas irritantes de manipulación emotiva

“Marley y yo”
(“Marley & Me”)
Dirección: David Frankel. Reparto: Owen Wilson, Jennifer Aniston, Eric Dane, Alan Arkin. Duración: 2.00. Origen: Estados Unidos. 2008. Calificación: 3.

Sin duda, la percepción de “Marley y yo” varía notablemente, según el tipo de relación que cada espectador mantenga con los animales. No obstante, hay normas generales de buen gusto y decencia que esta película infringe abiertamente, ostentando una sensiblería descarada.
Basada en un exitoso libro autobiográfico del reportero John Grogan, es esta una producción concebida especialmente para amantes de las mascotas. Mezclando partes desiguales de comedia romántica y melodrama, la cinta tiende trampas de manipulación emotiva, tan inoportunas como irritantes.
Owen Wilson y Jennifer Aniston interpretan a John Grogan y su esposa Jennifer. Su vida en pareja adquiere un nuevo significado cuando él le regala a ella un cachorro de raza labrador. Le ponen nombre Marley, como el icono de la música reggae, Bob Marley.
Travieso, comelón y muy mal portado, pero también tierno y cariñoso, el perro se convierte en el centro afectivo de una familia cada vez más numerosa. De manera plana, sin mayores sobresaltos narrativos, el filme ilustra los pormenores de dicha familia, a lo largo de muchos años. Jennifer deja de trabajar para dedicarse al rol de madre y ama de casa; por su lado, John triunfa como periodista, colaborando con diarios prestigiosos, primero en el sur de Florida y luego en Filadelfia.
Los Grogan concretan así una representación idealizada del estilo de vida estadounidense: llevan una existencia serena, sin dificultades económicas ni conflictos de ninguna clase, salvo tener que enfrentar una “tragedia”, cuando Marley llega inevitablemente al fin de sus días.
El director David Frankel, recordado por la conformista y taquillera “El Diablo viste a la moda” (2006), le imprime al relato un tono impersonal, apático, cercano al esquematismo visual de ciertos programas de televisión. Los diálogos carecen de brío y las actuaciones son insulsas, rozando lo insoportable cuando Aniston y Wilson pretenden lucir aún más adorables que la misma mascota. Esta, por cierto, no está esbozada con precisión y a menudo pierde protagonismo.
Sin rasgos únicos, en grado de definir su carácter y hacerlo memorable, Marley es un pretexto para banales situaciones cómicas, como las que se pueden encontrar en la franquicia de “Beethoven” o en cualquier otra saga canina.
En el deplorable desenlace, cuando el humorismo deja campo a ganchos lacrimógenos baratos, “Marley y yo” toca fondo, revelando toda su cursilería y falta de sinceridad.

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