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Sábado, 17 de noviembre de 2018



COLUMNISTAS


Segundo año de los Arias

Arnoldo Mora [email protected] | Martes 12 febrero, 2008


Segundo año de los Arias
(II parte)

Arnoldo Mora

Hablando de los ciclos políticos que rigen la vida del país, las características que los distinguen son muy marcadas. En el primer año de un gobierno, principalmente en sus primeros nueve o diez meses, el equipo que asumió el poder apenas se acomoda, quita a los que estaban y pone su gente de confianza o a quienes debe favores de la campaña recién pasada, da nuevos lineamientos y, sobre todo insiste, mediante una fuerte campaña mediática, en echarle la culpa de todos los males al gobierno anterior… así sea del mismo partido, como sucedió en el primer gobierno de los hermanos Arias en 1986, cuando cargaron de críticas a don Luis Alberto Monge, cosa que el ex presidente no perdona y se la tiene jurada a los Arias.
No fue tan difícil hacer lo mismo en esta ocasión, en que durante cuatro años Costa Rica demostró ante el mundo que tiene un sistema político tan sólido y una población tan madura políticamente, que no tuvo necesidad de tener gobierno, pues Abel pasó por Zapote pero Zapote nunca pasó por él o, al menos, nunca demostró en forma palpable de que alguna vez se hubiera percatado de que lo habían elegido presidente.
Costa Rica no tuvo gobierno durante sus cuatro años. Por eso el régimen actual se dedicó a satisfacer las necesidades más perentorias por las que la gente ha venido clamando: tapar huecos en las carreteras, controlar a quienes manejan ebrios, repartir bonos de vivienda y becas a estudiantes. Para financiar estas promesas de campaña, el Ministro de Hacienda ha demostrado una insólita y laudable diligencia en cobrar impuestos. Por su parte, el Banco Central ha venido subiendo —y seguirá haciéndolo— el valor del colón y, con ello, hacer real un crecimiento en el poder adquisitivo de los ingresos de asalariados y pensionados; aunque ha fallado en sus propósitos de disminuir la inflación, lo cual atribuye al aumento exponencial de los precios internacionales del petróleo. Más aún, para tranquilizarnos a todos pero, sobre todo a los empresarios y banqueros, el presidente del Banco Central anuncia con bombos y platillos que la crisis del sistema económico mundial, que ha creado un ambiente de funeral en Davos, no nos llegará a nosotros. Ojalá sea cierto y que don Francisco no haya olvidado que mañana se le puede recordar aquello de que “por la boca muere el pez”.
Pero todas estas medidas, las tomó el régimen no tanto buscando un fin en ellas mismas, sino como un medio para acallar y tranquilizar una opinión pública que demostró estar preocupada por decisiones que afectan su destino como nación y fijan rumbos a un futuro para el cual no fue consultada. Por eso, el régimen resintió duramente el rechazo de, al menos, la mitad de la población, frente a lo que consideró el programa principal de su gobierno, como es la aprobación del TLC en 2007 y de las leyes para su implementación en 2008. El régimen ha empleado todas sus energías en esta batalla que cada día se le complica más.
Precisamente por estar obsesionado en la aprobación de todo lo que implica la puesta en vigencia del TLC, ha descuidado irresponsablemente otros flancos a los que la opinión pública se ha vuelto cada día más sensible y cuya factura les está saliendo muy cara a los Arias. Es aquí donde ha estado su talón de Aquiles, pues ha descuidado lo que todo el mundo considera el mayor de los flagelos que se abate en estos momentos, como es la impotencia manifiesta frente a la galopante e irrefrenable violencia que se ha vuelto el aire que los ticos respiramos a toda hora y en cualquier lugar. Pero hay algo más de lo que me ocuparé en el próximo artículo.