Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 20 Enero, 2016

 En el MOPT y sobre el MOPT y sus órganos mandan todos y no manda nadie

Hablando Claro

Segnini

“Se desgastan los espacios… y uno debe tener la humildad y la sabiduría para reconocerlo". Con esta admisión de agotamiento político, Carlos Segnini deja el Ministerio de Obras Públicas y Transportes en lo que constituye probablemente la segunda baja más sensible de la administración Solís Rivera, después de la caída del titular de la Presidencia, el una vez poderosísimo Melvin Jiménez, quien por cierto aportó lo suyo al debilitamiento desde el día uno del ministro porque no solo no fue de su círculo, sino que gozó de su animadversión. Por supuesto, eso no fue todo. Don Carlos no conocía los intrincados laberintos del manejo de una institución tan difícil y para peores el Presidente lo mandó a presentarse con los subalternos con la promesa de campaña de cerrar el Conavi. Además debió darle respiración artificial al moribundo préstamo chino de la ruta 32 y echarse tremendo pulso con los diputados por las controvertidas condiciones para revivir el proyecto de la frustrada concesión San José- San Ramón. Sin hablar de todo lo demás. Fueron muchos números para una sola rifa.
Dicen que desde que Espíritu Santo Salas fue ministro de don Mario Echandi (58-62) no ha habido quien se quede un periodo completo en el MOPT. Más de 50 años. Es decir, 13 gobiernos en los que esa cartera cambia de jerarca dos y hasta tres veces en un solo ejercicio de gobierno. Un ministro duró menos de dos meses en el cargo. Otros han llevado la cartera como recargo; es decir por pura obligación; como le tocó en su momento a don Marco Vargas quien terminó sentado en el banquillo acusador de una comisión legislativa que hizo todo lo posible por encontrar las supuestas irregularidades del empecinamiento político del presidente Arias que después de 30 años de planos engavetados se propuso contra viento y marea que tuviéramos por fin la ruta 27. No por casualidad fue en esa administración que se terminó la inconclusa costanera sur, se inició Cañas Liberia, se le dio un empujón a la siempre inconclusa carretera nueva a San Carlos y se concretó Vuelta de Kooper-Chilamate.
El MOPT ha ido quedando cada vez más debilitado. Vive de glorias pasadas. Ya no maneja los puertos, ni el ferrocarril. Le quedan las calles, la policía de tránsito, los buses y los taxis (estos últimos en estado de reivindicación permanente en un nudo gordiano imposible de resolver). El MOPT es un desastre. Y no solo se trata de la maraña interna de su gestión. El tufo de la corrupción y la maldición de la ineficacia lo permea y por supuesto, condiciona e inhabilita cualquier intento de hacer las cosas bien.
El rezago en la infraestructura nacional se explica en múltiples y muy complejos factores, pero uno de ellos es la incapacidad de gestión del Ministerio y sus distintos consejos con representaciones sectoriales en juntas directivas que co-administran o que son abiertamente feudos independientes, donde gravitan grupos de poder fáctico que tienen gran peso, políticos de oposición y gobierno que lejos de ayudar atizan las hogueras de la improvisación y los linchamientos; y todo en una perversa confabulación espontánea y una completa desarticulación.
Todo el mundo pontifica que el MOPT y sus órganos deben ser reorganizados. Pero se habla mucho y se hace poco. Segnini se empeñó en hacerlo pero no tuvo el apoyo político suficiente. Lo dijo el director ejecutivo de la Cámara de la Construcción Randall Murillo “no ha tenido la fuerza, el mandato desde arriba, desde el Presidente, no ha tenido el músculo ni las herramientas necesarias para hacer las reformas que se requieren”.
En el MOPT y sobre el MOPT y sus órganos mandan todos y no manda nadie. Más que dudoso es el futuro ahora del proyecto de reestructuración para crear el Instituto Nacional de Infraestructura Vial, INI.
Por lo pronto, algunos miopes esbozan una torpe sonrisa porque se propusieron por una vía u otra lograr que el Ministro dejara el cargo.
Ok. Se va Segnini. Sí. ¿Y ahora qué?

Vilma Ibarra