Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

Enviar
Lunes 21 Julio, 2014

Costa Rica cambió. San José, cambió. Como siempre: para bien y para mal


San José: mi ciudad

A mis veintipocos cada vez que tenía la oportunidad de viajar a Buenos Aires cantaba, la ilusión se me desbordaba y cantaba desgalillada en la ducha la canción de Alberto Favero que interpretaba Nacha Guevara, “Mi ciudad”.
La capital de Argentina nunca fue mi ciudad. Sí, estuve en ella muchas veces en temporadas cortas: la más larga (e inolvidable) fue de un trimestre. Nunca desarrollé una verdadera cotidianidad.
Llegué a Costa Rica en mi temprana adolescencia. Viví en Escazú, cuando todavía era un pueblo de pulperías, muy tico, nada cosmopolita, muy lejano al supuesto “glamour” que ahora ostenta.
Iba al colegio en el Paseo Colón, entonces una de las zonas más elegantes de la capital y, como los Malls brillaban por su ausencia, mis amigos y yo íbamos al Dary Queen donde ahora está la Plaza de la Cultura.
En ese momento Costa Rica era un país mucho más bello que ahora: su naturaleza casi intacta, sus playas vírgenes, su cultura con poca contaminación (para bien y para mal), sus tradiciones estaban vivas.
Pero San José era una ciudad muy fea. Ni siquiera llegaba a ciudad y no tenía la belleza de los pueblos que aún rodeaban el Valle Central.
No tengo nostalgias urbanas de aquel momento. No extraño ningún espacio. Cuando nuestra familia argentina nos visitaba, evitábamos cualquier paseo urbano y pronto los alejábamos de ese centro que no tenía ningún atractivo.
Sin embargo mi historia personal siempre estuvo ligada a la ciudad de San José. Viví quince años en Barrio Escalante; trabajé un lustro en el Café del Teatro Nacional; tuve una fuerte relación afectiva con la abuela de mis hijas, que vivía en la avenida primera entre las calles 9 y 11; mi vida teatral como directora y dramaturga se desarrolló entre el viejo Teatro de la Aduana y la Sala Vargas Calvo; y mi mamá, conocedora de todos los rincones del centro, me enseñó a reconocer calles de avenidas, pares de impares, sur y norte.
Mis hijas tuvieron la ventaja de que su padre viviera en el centro de la ciudad. Desde muy pequeñas conocieron la geografía urbana, reconocieron sus seguridades y sus peligros, aprendieron a trasladarse en transportes públicos.
Muchos de sus amigos de adolescencia, influenciados por sus padres “anti San José”, no solo no reconocían lugares claves de San José, sino que les aterrorizaba el centro. “¿Esa es la Escuela Metálica?”, me preguntó una amiga de Manuela a sus 15 años mientras pasábamos frente al Melico Salazar.
Pero Costa Rica cambió. San José, cambió. Como siempre: para bien y para mal. Y, aunque Escazú se convirtió en un gueto, los malles invadieron muchos espacios y la globalización anuló muchas de nuestras tradiciones, nuestra ciudad adquirió una identidad propia: en parte recuperada, en parte reinventada. Finalmente en una fusión donde la mayoría de los que la habitamos o la visitamos podemos sentirnos cómodos.
Los que ahora tienen 30 años o menos son los dueños de muchas zonas josefinas. La ciudad tiene muchos lugares culturales, de encuentro, de celebración, de diversión. Y los que somos mayores que ellos podemos re habitar esos espacios. Todos tenemos, ahora, una ciudad.

Claudia Barrionuevo
[email protected]