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Martes 24 Septiembre, 2013

Las calles de nuestro país están prontas a terminar de convertirse en una anarquía al aire libre, a vista y paciencia de quienes corresponde poner coto a la situación


Rumbo al despeñadero

No voy a entrar a juzgar lo acontecido el pasado jueves 19 de setiembre en Calle Blancos entre dos conductores. No me corresponde. Para eso estarán los Tribunales y la Justicia Divina. Creo, sin embargo, que es prudente hacer un análisis de las posibles causas y determinar, sin temor a equivocarme, que algo así se veía venir.
Las calles de este país están tomadas, desde hace muchos años, por los vivazos y los matones al volante. Basta salir un día, cualquiera, y ver cómo se adelantan en las filas, manejan contravía, se tratan de meter “a la brava”, se atraviesan obstaculizando el paso, manejan con las luces altas encandilando a los que se topen de frente y un larguísimo etcétera que no se puede describir porque el espacio que da LA REPÚBLICA para artículos de opinión no lo permite.
Las autoridades del país han sido sumamente laxas a lo largo del tiempo. Desde el proceso para sacar licencia hasta la aplicación de la Ley de Tránsito, las fallas son incontables. El famoso chequeo médico, obligatorio para obtener el bendito plástico, se hace, a vista y paciencia de todos, en oficinitas y cubículos en donde el médico ya tiene la hoja llena y lo único que hace es firmar, previo pago del monto que esté vigente. No hay, como debiera, un examen psicológico que determine la idoneidad o no de quien va a colocarse detrás de un volante y manejar lo que, potencialmente y en muchas ocasiones, puede convertirse en un arma mortal.
Ya en las carreteras, el énfasis de los oficiales de tránsito pareciera ser ver cuáles vehículos andan circulando en día prohibido y no cuántos motociclistas van rayando por la derecha, o cuántos autobuses o taxis se detienen en el sitio que mejor les convenga (exista o no parada oficial), cuántos conductores van manejando lento por el carril rápido (y viceversa) y mucho menos cuántos van haciendo presa por ir revisando y escribiendo sus mensajes de texto mientras conducen. Todo esto es secundario contra las placas prohibidas.
Aquellos que somos lo suficientemente tontos para cumplir con las leyes y regulaciones del país, no solo de tránsito, terminamos siendo sujeto de mofa y burla, de los mismos vivazos y matones que pululan por nuestras calles, al querer pretender que ellos también se comporten acorde con lo que es correcto. Pareciera, entonces, que no nos va a quedar más que pasarnos de bando y ser como ellos.
Las calles de nuestro país, ya de por sí incómodas y, en algunas zonas, inexistentes por la cantidad de huecos, están prontas a terminar de convertirse en una anarquía al aire libre, a vista y paciencia de quienes corresponde poner coto a la situación.
Mientras no se dé un verdadero cambio cultural, iniciando con sanciones de verdad a quienes incumplen de verdad con la Ley, no solo seguiremos por el mismo camino, sino que vamos rumbo al despeñadero como sociedad y como país.
Somos los más felices del mundo, según los estándares de una organización que vive en otro país. La verdad, no me lo creo. Basta ver las caras de la gente para darnos cuenta que no es cierto.


Marcello Pignataro