Humberto Pacheco

Humberto Pacheco

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Martes 20 Mayo, 2008

TROTANDO MUNDOS
Robo nazi de niños

Humberto Pacheco

He tomado la decisión de postergar la columna que había preparado para transcribirles parte de una soberbia investigación periodística publicada en el suplemento de El País de Madrid el 11 de mayo del 2008. Con el corazón hecho un puño me fui insertando en el artículo antes de abordar el vuelo a casa, y casi lo pierdo por no poder detenerme hasta finalizarlo, esperando que el desenlace fuese de paz para las víctimas. No había de ser.
El artículo reseña otro de los horrores del nazismo que, pasados más de sesenta años desde la terminación de la guerra siguen saliendo a luz bajo el principio de que entre cielo y tierra no hay nada oculto. Horrores que no sólo alcanzaron a judíos sino a católicos y otros grupos étnicos ó religiosos y hasta a sus mismos súbditos.
Como homenaje a Wanda Tozar y a su hija Cristina, reproduzco una pequeña parte de esa investigación ante la imposibilidad de incluirlo todo y, menos aún, hacer una mejor narración que la del autor:
“De la mano de la Cruz Roja internacional, 200 niños polacos robados por los nazis durante la II Guerra llegaron a Barcelona en 1946 procedentes del campo de refugiados de Salzburgo (Austria). Algunos habían sido seleccionados por culpa de sus rasgos físicos pretendidamente arios y arrancados de sus padres, otros eran hijos de los trabajadores esclavos utilizados hasta la extenuación en la industria alemana de guerra. También había pequeños engendrados en el diabólico proyecto eugenésico de los Lebensborn, (la fuente de la vida), las granjas de procreación y educación nazi destinadas a crear la superraza, en las que se forzaba a las mujeres seleccionadas a acostarse con los oficiales alemanes.
Desconocida hasta ahora, la historia de estos niños polacos hurga cruelmente en la herida moral de la humanidad porque fueron despojados de su nombre, su memoria y su lengua, germanizados y, en ocasiones, entregados a familias alemanas y nuevamente desgajados de estos hogares al término de la contienda.
Muchos perdieron irremisiblemente la posibilidad de recuperar su identidad y su familia en la hoguera con la que los nazis en retirada destruyeron los archivos que daban cuenta del delirio de recreación de la raza aria. Tal y como ha constatado este periódico, seis décadas más tarde, la herida del limbo identitario sigue supurando en el alma de los supervivientes, “españoles de corazón”, y palpita dolorosamente con el recuerdo de los traumáticas experiencias vividas. Tuvieron que resignarse a no saber de sus padres y hermanos, a descontar para siempre esos besos y abrazos y a vivir con ese vació lacerante, algunos, en la sospecha de que su progenitor pudo muy bien haber sido un soldado alemán.
Todos llegaron a Barcelona con el enigma de su origen, pero sólo los que habían guardado en su memoria un recuerdo nítido —“Mamá tenía una chaqueta marrón, lloraba, pero nos separaba la alambrada”— ó habían salvado un objeto —la fotografía doblada que la madre le dio a hurtadillas en la despedida, la medallita de la Virgen…— disponían de la prueba de una identidad perdida.
Escuchar sus padecimientos durante la guerra es asomarse a un abismo de angustias y terrores, de hambre y de violencia. Se comprende que los desnutridos ó enfermos huérfanos polacos encontraran en la pobre España de la posguerra al paraíso inesperado que añoran todavía 62 años más tarde.” La historia continúa aún más trágica.
Ojalá que nunca olvidemos los genocidios y los crímenes de lesa humanidad que, no en la Edad Media, sino en pleno Siglo XX, cometieron el lunático de Hitler y su contrapartida en el otro extremo, el lunático de Stalin.

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